4 ataúdes, un esqueleto y una muela

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El Separador

Caigo en la cuenta que, por la temporada, hay que escribir sobre muertos y fantasmas en una columna en la que se habla de todo, menos de política.
Ya andaba yo bocetando:
Pasó la pinche huesuda / por la prensa, con sus mañas / supo que Jorge Sánchez trae ganas / de catapultar El Mañana
Un año de premios y audiencia / plumas de gente decente / que trastornan la inocencia / de un chilango impertinente / A mí señores, la muerte, / también me pela los dientes.

El Jalowín inicia en el suburbio luego luego que se quitan los arreglos tricolores. Los inflables que se adquieren en Costco o el ambulantaje burgués, ponen de manifiesto que los altares de muertos son parte de la canasta básica: al Pan ídem y a las bebidas espirituosas se les van dando pellizcadas y traguitos de manera clandestina, mientras la efigie del muertito a quien se honra es testigo silente.

Caigo también en la cuenta, que mi chamaquita de nueve ya tiene su hilera de disfraces de Cruella y Maléfica -nada contra su abuela- mientras acelero este texto a punto de visitar al dentista. A la pesadilla de una inaplazable sesión con boca abierta, no hay cinta de Tim Burton o versión de Nosferatu que hoy aligere mis penas.

En esta su casa -que se ilumina de noche con los adornos bien gringos de mi vecina Citlalli- el dolor de diente y las ganas de reír me sentaron frente a la cinta que mi papá nos ponía por estas fechas: El Esqueleto de la Señora Morales. La comedia blanquinegra de peluquería, guarda un postulado tan macabro como para teclear cual columnista de nota roja en el “ratito” que me hace efecto el Dolac.

La resolución desesperada de un taxidermista -Arturo de Córdova- que no soporta a su esposa -Amparo Riveles-, no tiene la menor importaaancia. Son todos los agentes de una sociedad muy metiche que incluye un cura y vecinas mionas que por éllo, solteronas. La mitad de la película, dirigida por Rogelio González, el doctor Morales la pasa en estado de ebriedad, alimentando las calenturas de una vendedora de cámaras de fotos y de la servidumbre. Un halcón en el sótano es cómplice de un crímen perfecto.

Con media cara entumida y en memoria de mi papá, hoy repito a Carlos Fuentes: «Qué injusta, qué maldita, qué cabrona es la muerte que no nos mata a nosotros, sino a los que amamos.»