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JMalone
Por Joseph Malone de la Paz
En el análisis de los últimos resultados del Certamen 20 de Noviembre aparecen patrones que llaman la atención por la reiterada aparición de los mismos de siempre: los becadependientes que, en complicidad con la herencia maldita instalada en la secretaría de Cultura, ganan un año sí y otro también, excluyendo a otras personas participantes del patrocinio cultural público.
A Joseph Malone le resulta muy curioso que ciertos perfiles han logrado mantenerse de manera constante dentro del grupo de premiados a lo largo de distintas ediciones y disciplinas.
Uno de los casos más evidentes es el de Franz Eichelmann Kaiser, quien en 2022 obtuvo dos premios en la misma edición, con Dramaturgia y Narrativa. La concentración de dos estímulos económicos en una sola persona dentro de un mismo año abre un primer punto de observación sobre la forma en que se distribuyen estos reconocimientos.
A ello se suma la recurrencia de nombres como José Andrés Ordaz Salazar, quien ganó en Escultura en 2022 y volvió a ser reconocido en 2025 en Dibujo y Grabado.
De forma similar, Gema López Rodríguez aparece como ganadora en Artes Visuales en 2022 y nuevamente en Dibujo y Grabado en 2024. No se trata de desestimar trayectorias individuales, sino de observar cómo ciertos nombres reaparecen con frecuencia en distintos ciclos del certamen.
Otro elemento que se desprende del registro es la coincidencia de apellidos en ediciones consecutivas. Los casos de los Meneses Gutiérrez, Juan Pablo en Fotografía (2023) y Jesús en Escultura (2024), así como los Garrido Mendoza, premiados en Dramaturgia y Danza Contemporánea en 2024, han sido señalados como parte de un conjunto de coincidencias que alimentan la percepción de repetición en los perfiles reconocidos.
También figura el caso de Juan José Campos Loredo, un híbrido de godínez malogrado y crítico del sistema -cuando la teta del Estado deja de amamantarlo- que exige entradas gratis a la Cinetaca Alameda por autonombrarse “intelectual”, cuyos lazos de amistad con otros godínez del ecosistema cultural como Carlos Reyes, aumentan la sospecha de que el Premio 20 de Noviembre favorece a personas específicas.
El resultado es un efecto silencioso pero profundo, pues mientras algunos concentran premios de forma reiterada no en este sexenio ¡sino en los últimos 20 años! otros creadores simplemente desaparecen del radar. No por falta de talento, sino por falta de oportunidad en una jungla donde siempre “parecen” competir los mismos.
Porque al final, el problema no es la existencia del premio, sino su apropiación por un grupo reducido que lo ha convertido en un mecanismo recurrente de beneficio.
Y cuando eso sucede, el daño es tanto económico como simbólico. Se cierra el horizonte para quienes aún esperan que el arte, más que un circuito cerrado, sea una verdadera posibilidad abierta.















