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Ana & Lisa
En las últimas semanas hemos notado que el tráfico se mantiene constante, ya no es la hora pico, no ha llegado diciembre, el inicio de clases ya pasó y el tráfico parece que se vuelve una constante sin sentido. No hay accidentes, no hay cierres viales simplemente coches y coches que salen de todos lados. Por supuesto una que otra vez nos enfrentamos a alguna manifestación pero parece que todos tenemos que desplazarnos por las ciudades. Hoy nos sentamos a reflexionar sobre el costo que implican tantas horas lidiando con las calles abarrotadas.
Durante la semana el informe Costo del tráfico 2026 del instituto Mexicano para la competitividad, expuso una cifra en las principales zonas metropolitanas del país en donde la población pierde en promedio 111 horas al año atrapada en la congestión.Sin duda estas cifras cobran factura en el sistema nervioso central.
El cerebro humano no está diseñado para el aislamiento confinado ni para la inmovilidad forzada ante un estímulo amenazante. Pasar de estar a tiempo a retrasarse por un embotellamiento inesperado es interpretado por la amígdala, quien es el centro de procesamiento del peligro, lo ve como una amenaza directa al bienestar y a los recursos personales (tiempo, seguridad, trabajo).
En respuesta, el organismo activa el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, inundando el torrente sanguíneo con cortisol y adrenalina. En un escenario prehistórico, esta respuesta de “lucha o huida” permitía escapar de un depredador; dentro de un automóvil o un microbús atascado, sin embargo, esa energía química no tiene hacia dónde canalizarse.
El resultado es la furia al volante o Road Rage, un estado de desregulación emocional donde las funciones ejecutivas del corteza prefrontal responsables del juicio y el autocontrol, quedan momentáneamente desplazadas por impulsos primarios de agresividad, manifestados en claxonazos compulsivos, gritos o maniobras de riesgo.
Mientras las políticas públicas continúan adeudando soluciones estructurales de movilidad eficiente, la salud mental requiere estrategias inmediatas:
Estructurar el “espacio intermedio”: Transformar el vehículo o el trayecto en un periodo de transición regulado. Escuchar audiolibros, pódcasts o música de ritmo bajo ayuda a desviar el foco del retraso hacia una actividad de valor personal.
Técnicas de anclaje (Mindfulness vial): Ejercicios de respiración diafragmática (como el patrón 4-7-8) reducen la frecuencia cardíaca cuando el tráfico llega a un alto total.
Flexibilidad de expectativas: Aceptar la congestión como una variable sistémica incontrolable reduce la brecha entre la expectativa y la realidad, moderando los picos de frustración.
La movilidad urbana no es únicamente un tema de infraestructura vehicular; es, en el fondo, una de las determinantes ambientales más constantes de la salud mental colectiva.

















