🔊 Escuchar esta nota informativa:
El Separador
Mi papá decía que su familia se parecía al señor que compró un circo y le crecieron los enanos. Nuestra afición a las artes y humanidades -más que a los números- son la evidencia. Salimos rete apasionados, improvisamos hasta las declamaciones; somos más bien, buenos para el arte del festejo y solemos capotear al miedo y la pena ajena.
En el eterno mes “patrio” de tanta conmemoración y alerta sísmica que, invariablemente terminan en pleito con el vecino y con el estómago, una cinta española, se suma a la provocación. Si, como exigía el contador, con un poco de buena voluntad dejamos de lado prejuicios sobre tauromaquia o los gachupines, apelaremos a la figura paterna de la Madre Patria, pilar de nuestra autoestima como serenos habitantes de la tierra que nos vio nacer; reivindicaremos los cuentos de la infancia olvidándonos de los manazos.
Las historias de Christian Andersen o los hemanos Grimm que alguna vez nos generaron terror desde las primeras escenas, fueron pasteurizadas por alguna mente brillante de Disney restándoles la potencia y capacidad traumática pa que los chamacos se estuvieran quietos.
Afortunadamente, con la dosis macabra del cine mudo blanco y negro, Blancanieves de Pablo Berger cancela el disfraz y la fiesta temática infantil de cualquier niña bien portada. El giro de tuerca de la princesa a la víctima, bien merece dos orejas y un rabo.
Maribel Verdú, chica flamante de “Y tu mamá también” de Alfonso Cuarón, es la madrastra Encarna, con todas las características del término resumidas en tres palabras: mala, pero bonita. Las artimañas cargadas de ambición de esta bru-ja-del-mal hacen de Carmencita, huérfana del matador Antonio Villalta (Daniel Giménez Cacho) y de la mujer que entregara la vida al darla a luz, una niñez infame y aperitiva de ternura.
Blancanieves es la visión oscura y gótica del ganador del Goya por Mi Amigo Robot, que combina la seducción del mundo taurino, sus rituales, seis enanos patológicos, los tablaos andaluces y la estética portentosa de los 20´s en una cinta sin temblores.
Una faena en que flotan, como la nata, la carga erótica, el surrealismo circense y los labios carnosos de Macarena García. Fotografía y sonidos en ebullición que no consiguen pasteurizar la mala leche.















