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Política sapiens

El poder humano para transformar la naturaleza tiene límites, y el tiempo es uno de dichos límites: no se puede pasar de primero a sexto año por más que uno quiera, ni adelantar los resultados electorales por más leyes que se reformen. Entre las muchas necesidades de los actores políticos se encuentra la de anticipar los escenarios, y eso se pretende a través de los estudios diversos que existen para medir las temperaturas del agua donde se cuecen los camotes. También existen expertos, gurúes, adivinos y cuanto mercachifle se le ocurra a usted que, por unas monedas, son capaces de decir que han pronosticado cualquier tipo de suceso asociado con el poder pero, lastimosamente, esa capacidad admonitoria no les ha resultado lo suficientemente útil como para volverse ricos. Es como saber cuál es la combinación ganadora del melate, escribirla en un papelito y salir, después de que se hagan públicos los números elegidos, a decir: ¡Lo sabía!

El tiempo, entonces, es uno de esos factores que determinan el proceder de los seres humanos y los conduce a tomar decisiones ante el avance de la angustiosa premura, y entonces se pagan sumas exorbitantes a casa encuestadoras, se organizan foros y mesas de análisis, se convoca a diseñadores de imagen y se procura sujetar a los demás actores a través de diversos mecanismos de acción o coacción. Las decisiones, bien o mal pensadas, lo son por sus resultados. En este momento, quien menos boletos tiene para jugar el melate puede ser quien se salga con la su buena suerte, y ese fenómeno de lo insospechado o determinado por el azar también puede cambiar mañana, al rato, y pasado mañana si alguien despierta enojado o un tercero se apunta sin haber avisado a nadie.

Por eso, los destapes anticipados se utilizan para saber de qué están hechos los nervios de los actores, e indirectamente para medir cuánto entusiasmo se genera con la mención de cualquier nombre. En el antiguo argot se le llamaba “cargada” y solía utilizarse para avasallar a los que dudaban, pedían piso parejo, o se quedaban en silencio esperando esos mejores tiempos que nunca llegaban. Si las porras no se replican con entusiasmo, si la sociedad no asume como un hecho que equis o ye es la o el ungido, entonces se puede revalorar si se trata de un perfil sólido o no. El clima político, en ese sentido, se palpa con un dedo que asoma apenas por la ventana para señalar a una persona en específico.

Por eso es importante que la baraja sea de un mismo mazo, que es de quien detenta la mesa de juego, para que a la hora de repartir suerte sepa que las cartas están marcadas y no habrá sorpresas: quien resulte elegido deberá cubrir las espaldas de su elector sin chistar, y hacerse del poder como de un encargo; aunque luego, como en todos los casos, el poder escriba sus nuevas reglas y estas indiquen que hay cambios más que necesarios. Un año o dos, a veces, bastan para que eso suceda. Se puede decir que incluso bajo ese diseño previo, nada es seguro, porque el tiempo no está en manos de ningún ser humano, y lo que hoy nos parece normal será inadmisible el día de mañana. Y esto último, por fin, es lo que determina quién toma su lugar en el juego de la silla. Pocos, muy pocos son los que pueden decir que ya sabían que llegarían al poder porque lo tenían escriturado ante todos los poderes fácticos; y casi nadie esperaba lo que finalmente resultó.

Claro, excepto los que dicen que sabían los números ganadores del melate, pero guardaron el papelito donde los escribieron hasta que aparecieran los resultados.

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