Cesar Cedillo
A un mes del silbatazo inicial del Mundial 2026, México atraviesa un fenómeno inédito: la indiferencia. El país que durante décadas convirtió las Copas del Mundo en una celebración colectiva, capaz de paralizar ciudades, vaciar oficinas y teñir calles de verde, hoy observa el torneo con una distancia fría, casi resignada. La pasión fue desplazada por el cálculo financiero. La FIFA transformó el torneo más popular del planeta en un espectáculo diseñado para millonarios, corporativos y turistas VIP, expulsando de las tribunas al aficionado común, precisamente al que durante generaciones alimentó la grandeza cultural del fútbol.
Hablar de boletos de 118 mil pesos por persona para un partido inaugural resulta obsceno en un país donde millones sobreviven con ingresos mínimos. La cifra destruye cualquier ilusión de vivir un Mundial desde las gradas. Incluso sectores con ingresos elevados ven imposible justificar semejante gasto para asistir a noventa minutos de fútbol. El Mundial que debía acercar a México al centro del planeta terminó convirtiéndose en el evento más inaccesible que haya pisado suelo nacional. La fiesta llegó a casa, pero la puerta quedó cerrada para sus anfitriones.
La voracidad comercial alcanzó niveles grotescos. La FIFA decidió ponerle tarifa hasta a los Fan Fest, esos espacios que históricamente funcionaban como válvula popular para quienes no podían entrar a los estadios. Ahora también tienen precio. Hasta 60 dólares por convivir alrededor de pantallas gigantes y consumir productos oficiales. Cobrar por respirar ambiente mundialista exhibe el verdadero espíritu de la organización: monetizar cualquier emoción disponible. El aficionado dejó de ser parte esencial del espectáculo; ahora funciona únicamente como cliente potencial.
La ironía resulta devastadora. La afición mexicana inundó estadios en Alemania, Sudáfrica, Brasil, Rusia y Qatar. Miles hipotecaron ahorros, recorrieron continentes y convirtieron su presencia en símbolo inevitable de cualquier Copa del Mundo. Hoy, cuando el torneo finalmente aterriza en casa, esos mismos aficionados quedaron marginados. El Mundial más cercano terminó siendo el más lejano.
México, Estados Unidos y Canadá 2026 amenaza con convertirse en el Mundial más desangelado de la historia. Un torneo secuestrado por intereses comerciales donde el dinero ocupa el sitio que antes pertenecía a la pasión. La FIFA extinguió el vínculo emocional entre el pueblo mexicano y su Mundial. Lo convirtió en un producto de lujo, frío, inaccesible y excluyente. El fútbol perdió calle, perdió identidad y perdió alma.
















