Como un granito de sal

El Separador

En Mérida hay pocos autos; pero mucho claxonazo. Brotan el calor, el antojo, los sombreros Panamá y las guayaberas. Ando sobre las banquetas de seis a siete de día y de siete a nueve de noche. El calor efervescente y la humedad no van con mi paciencia ni la de mis rizos. Bajo resguardo domiciliario estiro las piernas, leo, escribo y extraño. La Montejo helada nunca llegó por room service y hoy reparo en la idea de no haberla solicitado. De fondo, trovas de Guty Cárdenas, el noticiero local y los canales para adultos propios de los hoteles de paga más disponibles que yo.

Pernocto una semana en Avenida Colón frente a una casita abandonada que como yo, olvidó los placeres de la fiesta y la pérdida del control. En la fachada gris oxford de lo que adivino fue un antro sobreviven una lámina desgastada con la leyenda La Hermana República y un mástil con una bandera tricolor de diseño poco conocido.

El henequén construyó una ciudad de palacios igualmente abandonados que hoy son museos, restaurantes de lujo y folklore-boutiques administrados por gringos. En el café más cercano al hotel el único cajero es el barista. El oro ya no es verde.

Con el insomnio atribuible a acostarme en otra cama, botella de agua tibia en mano, aparece providencialmente en la pantalla el maestro Juan Villoro. Uno de mis autores preferidos cuenta que su familia, de origen yucateco, creció en una casa que veo desde la ventana: “todos iban y venían tras cruzar selva y océano para escribir historias, pero mis primeros años fueron agobiantes e inciertos, hasta que en un viaje de investigación me llevó a recorrer la península de Yucatán en un Vochito”.

Un domingo de Iglesias llenas y plazas vacías, sobre una repisa de librería muy nice aparece Palmeras de Brisa Rápida como aire fresco. Agradezco al destino poner en mis manos un souvenir yuca que me aviento de un jalón una semana después y desde la comodidad de mi tierra caótica. Con la ventana abierta, sin aire acondicionado o abanico, regreso al saludo de los adoquines, del sombrerero y a minutos de café en solitario sobre bancas blancas “tú-y-yo”. Huelo la cochinita pibil de la-calle-de-atrás y el jugo de mandarinas, mientras mi amigo Juan me lleva de copiloto por Yucatán entre páginas que se adhieren de tanta humedad.

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El Mañana San Luis

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