Corpus potestatis

El poder es un cuerpo vivo, porque todo acto humano termina siendo la representación de sí mismo y el ejercicio del poder es uno de esos actos. Así podemos inferir que bajo una buena cabeza se puede sostener todo un sistema capaz de erigirse como un gigante, y cada una de sus partes se vuelve esencial para la supervivencia del todo.

Así tenemos la mirada vigilante asaz que inquisidora, el oído atento a las amenazas, el olfato político, las manos laboriosas en su frenesí creativo, el corazón que mueve las pasiones y la mente que ordena las prioridades, la sangre y el oxígeno cuyo fluir a lo largo y ancho del organismo permite alimentar las células que lo conforman, y las piernas que flexionan sobre los pies que caminan.

Todos los órganos que lo componen tienen un sitial de dioses y ejercen una función absolutamente imprescindible de manera tal que hasta el más humilde sistema de excreción de desechos es parte del poder, aunque nadie quiera estar en salva sea la parte por detrás, aunque a veces, sí, por delante. Naturaleza humana donde la vanidad se humilla ante el mandato.

Es por ello que en cada transición de poder los competidores se presentan con lo mejor que tienen y de una simple observación se advierten sus fortalezas y debilidades de acuerdo a las características físicas y el orden colaborativo jerárquico que determina sus habilidades en la liza electoral, más allá del nombre ideológico y el color de sus vestiduras. ¡Chúpate esta, Ruzzzarín!

Para hacerlo comprensible daré unos ejemplos sencillos: una cabeza demasiado pequeña puede desequilibrar a un cuerpo robusto; unos brazos débiles son incapaces de luchar contra un adversario cuyas extremidades dominen el territorio; unos ojos ciegos llevarán al golem a dejarse llevar por los oídos; unos píes descalzos derribarán al guerrero cuando camine sobre fuego vivo.

Por todo lo anterior, el cuerpo del poder debe ser forjado por las piezas funcionales más eficientes para cada tarea; lo que traducido al latín significa Quisque suae rei operam dabit et calceator suis calceis, ¿oquidoqui? Entendido a perfección lo anterior, es menester que, en esta, la madre de todas las elecciones en el Potosí, se lleven a la guerra a las mejores y los mejores.

Militares antes que militantes. Operativos más que directivos. Compañeros en lugar de acompañantes. Leales por encima de ilusionados. Competentes y competitivos. Eficientes y eficaces. Desde la reina y el rey, caballos, torres, peones, regidores, diputados, futuros miembros de gabinete, aliados empresarios y expertos en todas las materias del Estado.

Disclaimer: a los ánimos que conceder por simpatía se priven de elegir por capacidad habrase de pasar esa factura de la décima más viral de la Sor Juana, y lo digo castellanamente en serio. Y lo más terrible de dejarse guiar por los destos es que resulten mal las cuentas a futuro, cuando dendenantes se podrían dejar libros cerrados, beber chocolate espeso y celebrar amistades largas.

El que entendió, qué bueno. Al que no, se ofrecen asesorías. Cierren las puertas, señores.

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