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Politica Sapiens
En el gran teatro de la modernidad global, las vanguardias suelen medirse en la sofisticación de sus delirios. Tomemos, por ejemplo, la última extravagancia de Tesla: el anuncio de sus autos voladores. Elon Musk, ese cruce contemporáneo entre Prometeo y un presentador de infomerciales de medianoche, nos propone abandonar el asfalto para colonizar el éter. La promesa es magnética en su arrogancia: vehículos autónomos surcando los cielos de las metrópolis, liberando al ciudadano del yugo de la gravedad y del tráfico terrestre. Es la utopía hipercapitalista en su máxima expresión, donde el futuro no es un lugar al que se llega, sino un producto premium que se financia a plazos.
Mientras tanto, en este lado de la frontera ideológica, la respuesta mexicana al desafío de la movilidad no carece de ambición, aunque sí, de manera flagrante, de realismo físico. La presidenta Claudia Sheinbaum ha presentado al mundo el Olinia, el coche eléctrico “100% mexicano”. Su nombre, derivado del náhuatl ollin (movimiento), pretende evocar un orgullo ancestral, un salto tecnológico que nos independice de las patentes extranjeras. No obstante, al observar las maquetas del diminuto vehículo —destinado a competir no con los bólidos de Detroit, sino acaso con un carrito de golf glorificado—, uno no puede evitar percibir el aroma de la nostalgia burocrática. El Olinia nace no como un prodigio de la ingeniería de frontera, sino como un manifiesto político con ruedas; un artefacto diseñado más para el aplauso en la conferencia matutina que para resistir los baches de la avenida Central.
Ante este panorama de contrastes macroeconómicos, cabe hacerse la pregunta inevitable: ¿A cuántos años luz de distancia tecnológica se encuentra realmente México del llamado primer mundo?
La distancia no se mide en kilómetros, sino en eras del pensamiento. Mientras las potencias occidentales y asiáticas discuten algoritmos de inteligencia artificial aplicados a la navegación tridimensional y baterías de estado sólido, el debate nacional se estanca en cómo ensamblar piezas importadas bajo el sello de la “soberanía nacional”. Hablar de años luz no es una hipérbole astronómica; es la constatación del abismo que separa a una sociedad que invierte en la ciencia del mañana de otra que venera la manufactura del ayer. El Olinia no es el futuro; es el tataranieto tardío y eléctrico del Tsuru, condenado a transitar por carreteras que no han visto mantenimiento desde el siglo pasado.
Todo este idilio automotriz, desde luego, nos devuelve a la gran comedia geopolítica de los últimos años. Es la prueba irrefutable de que, a pesar de las insistentes promesas de la retórica oficial, no vivimos en Dinamarca.
En el reino de Copenhague, la movilidad eléctrica se sustenta en redes ferroviarias impecables, ciclovías interconectadas y una infraestructura energética que aprovecha el viento del mar del Norte. En nuestra “Dinamarca de los milagros”, el coche eléctrico mexicano tendrá que competir por la energía con los apagones intermitentes de una Comisión Federal de Electricidad adicta al combustóleo. El contraste es delicioso: mientras el primer mundo diseña naves para evadir el tráfico subiendo al cielo, aquí celebramos la creación de un vehículo compacto cuyo mayor reto tecnológico será no desarmarse al cruzar un paso de cebra inundado.
Al final, contemplamos dos mitologías de nuestro tiempo: la del multimillonario que vende naves espaciales para el día del juicio final y la del Estado que vende un cochecito de juguete como si fuera el Apollo 11. Ambos vuelan, es cierto: los de Tesla por los aires de Texas; los nuestros, estrictamente en la imaginación del presupuesto público. Miramos el horizonte de cables enredados, baches ancestrales y promesas de cartón piedra, y la desgarradora lucidez de nuestra propia llanura en llamas nos asalta el pensamiento, obligándonos a mascullar, en voz baja y con el desierto en la garganta, la eterna pregunta rulfiana: —¿En qué país estamos, Agripina?

















