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COLUMNA
Por Oscar Isaías Contreras Rojas
Cuando pensamos en el Barroco, imaginamos las iglesias de Roma o las esculturas de Bernini. Sin embargo, uno de los capítulos más fascinantes de este movimiento no se escribió en Europa, sino al otro lado del Atlántico.
A finales del siglo XVI, el Barroco llegó a América de la mano de misioneros y de artistas europeos. Su objetivo era transmitir el poder de la Iglesia durante la Contrarreforma. El arte debía emocionar, persuadir y acercar a los fieles a la religión.
Pero el Barroco no permaneció intacto. Al llegar a territorios como México, Perú o Bolivia, se transformó gracias a artesanos indígenas, mestizos y criollos. Ellos aprendieron las técnicas europeas e incorporaron sus propias tradiciones, materiales y símbolos. El resultado fue un lenguaje artístico completamente nuevo.
En las fachadas de iglesias novohispanas aparecieron plantas americanas, aves tropicales y mazorcas de maíz. Los retablos se volvieron más exuberantes. Un ejemplo extraordinario es la Iglesia de Santa María Tonantzintla: un universo donde ángeles de rasgos indígenas conviven con frutas y flores del paisaje local. No es una simple copia, sino una reinterpretación nacida del encuentro entre dos culturas.
En pintura ocurrió algo similar. Artistas como Cristóbal de Villalpando o Miguel Cabrera dominaron la técnica europea, pero desarrollaron un estilo con identidad propia, adaptado a la Nueva España.
Este fenómeno demuestra que el arte no avanza solo difundiendo estilos, sino transformándolos. El Barroco cruzó el océano como un lenguaje europeo, pero encontró en América nuevas manos y significados.
Hablar del Barroco americano es reconocer el nacimiento de una de las expresiones más originales del continente. Quizá esa sea su mayor lección: cuando las culturas se encuentran, las obras más interesantes son las que transforman.















