Ana & Lisa
En unos días se celebra en México el Día del Niño y la Niña, y esto nos llevó a pensar por un momento en un bebé que, de pronto, levanta sus propias manos frente a su rostro. Las mueve, las observa, las gira, sus ojos se abren de par en par con un asombro absoluto, como si acabara de descubrir el secreto mejor guardado del universo. En ese instante, no está viendo simples dedos; está viendo la magia de la existencia. Esa es la esencia pura de la infancia: el superpoder de ver el mundo por primera vez.
Desde la psicología del desarrollo, la infancia no es una simple sala de espera para convertirse en adulto; es el laboratorio más complejo, dinámico y fascinante del ser humano.
Vale la pena detenernos y hacer un viaje en el tiempo hacia nuestro propio origen. Todos fuimos ese explorador incansable. Todos experimentamos la explosión de sabor incomprensible y maravilloso de probar una paleta helada en una tarde de calor. Todos hicimos alguna travesura sintiendo la adrenalina del descubrimiento, nos reímos a carcajadas sin entender el chiste solo porque la alegría de los demás era contagiosa, y todos sentimos esa empatía cruda y pura de preocuparnos hasta las lágrimas al ver a otra persona llorar.
Sin embargo, para que este increíble viaje que comienza con el descubrimiento físico hasta la conexión empática ocurra de manera sana, la mente infantil requiere un ecosistema emocional muy específico. No basta con cubrir sus necesidades básicas; psicológicamente, el niño necesita mucho más del mundo adulto:
Paciencia como base de su desarrollo: Necesitan tiempo para procesar estímulos, tolerar la frustración y aprender.
El espacio de juego como lenguaje: A través del juego libre y no estructurado, los niños asimilan la realidad, ensayan roles sociales, procesan traumas y desarrollan su creatividad.
Adultos que los miren y acompañen: Un niño necesita sentirse visto, no solo vigilado. Requiere de cuidadores que le presten atención plena, que validen su existencia y que funcionen como una “base segura”.
Libertad para sentir y expresar: Un niño que tiene la libertad de experimentar cualquier emoción, es un niño que está construyendo los cimientos de una salud mental sólida para el futuro.
En este Día del Niño y la Niña, la mayor responsabilidad que tenemos como sociedad es proteger este delicado proceso. Cuidar la infancia significa dejar de apresurarla. Significa proporcionarles un refugio seguro donde puedan ser inquietos, curiosos y sensibles, sin la presión de encajar en nuestro mundo acelerado.
Proteger su desarrollo es garantizar que no pierdan su capacidad innata de asombrarse ante lo cotidiano. Como bien resumió el escritor G.K. Chesterton: “Lo maravilloso de la infancia es que cualquier cosa es en ella una maravilla”.
















