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Staff / El Mañana
Un lugareño que caminaba por la selva descubrió una cueva repleta de jarros y figuras antiguas de la cultura zoque que estuvieron escondidas durante siglos.
Un guía de turistas que andaba explorando por los rumbos del cañón del río La Venta, allá en el municipio de Cintalapa, se topó de puro milagro con la entrada a una caverna de más de cien metros de hondura.
El hombre no dudó en avisar a los expertos para que fueran a echarle un ojo a lo que parecía ser un verdadero tesoro de nuestros antepasados.
Cuando los investigadores lograron meterse a la cueva amarrados con cuerdas y bajando más de diez metros en rápel, se quedaron con la boca abierta.
En el interior no había tierra ni escombros encima de los objetos, sino que todo estaba acomodado tal y como lo dejaron los antiguos pobladores zoques hace más de mil años.
En total contaron 179 piezas de cerámica completitas, entre las que destacan cajetes, urnas con caritas y sahumerios para quemar resinas sagradas.
Ninguno de los trastes estaba roto ni saqueado porque el acceso al cerro está tan pesado y escondido que nadie había podido entrar a hacer destrozos en todo este tiempo.
Los cazadores de historias descubrieron que las vasijas tienen talladas figuras de animales muy poderosos como el jaguar, el tecolote y la serpiente.
Para los antiguos zoques, estas criaturas no eran simples bichos del monte, sino los guardianes de la noche y del inframundo, a quienes les pedían favores para que no faltara el agua.
Las pruebas indican que este sitio no era una casa donde la gente viviera a diario, sino un santuario secretísimo.
Ahí acudían los sacerdotes a realizar rituales de fertilidad para los cultivos y a rogarle a las nubes que soltaran la lluvia cuando las milpas se estaban secando por los calores.
Entre las joyas de barro que más llamaron la atención está un sahumador largo que tiene la cabeza de una víbora con el hocico abierto y un grabado en forma de cruz que representa los cuatro lados del universo.
Esta pieza demuestra el enorme talento y la devoción que le ponían a sus artefactos ceremoniales.
Las autoridades del patrimonio informaron que no van a abrir la cueva al público ni al turismo para evitar que la humedad o los curiosos echen a perder las piezas.
El plan es mantener el lugar bien vigilado para seguir estudiando los restos de copal y cenizas que aún quedan atrapados dentro de los jarrones.















