Política sapiens
Octavio César Mendoza
En política, el relato es la construcción de lo ideal, mientras que el dato es la constitución de lo real. Sin embargo, la narrativa suele poseer una fuerza que no tiene el dato: la emocionalidad. Para muchos es más fácil sobrevivir con una mentira que vivir con una verdad, y quien es capaz de mentir lo hace porque también prefiere ser engañado. Pero todo tiene un límite cuando se enfrenta al dato.
El relato se utiliza para convencer, en tanto que el dato es utilizado para vencer. Al final del túnel de cualquier proceso político se encuentra la luz de la verdad, la cual está compuesta por partículas de estadística que se asientan con todo su peso ante los ojos de quien se atreve a mirar. La observación de la realidad es la que permite analizar, interpretar y comprender los datos.
De ahí se puede partir hacia nuevas narrativas, es cierto; pero también entre narrativas se observan diferencias que las hacen consistentes o difusas: las primeras consolidan un proyecto político o un sistema de manejo del poder, y las segundas intentan apelar a la antemencionada emocionalidad del elector, con el objeto de recuperar su confianza en el siguiente proceso político.
Así, resulta evidente que a varios estómagos cayó de peso el anuncio de las dirigencias nacionales de MORENA, PVEM y PT de ir juntos, sí o sí, por todas las gubernaturas que estarán en juego de 2026 a 2027; principalmente para la oposición, que apostaba por la división en algunos de los Estados donde el Partido Verde ha tomado mayor protagonismo, restándole espacios a MORENA.
Comprender que el dato resulta fundamental para armar el relato, es aceptar que las alianzas se acuerdan para fortalecer un proyecto gubernamental, pero se ratifican para favorecer a una marca. En San Luis Potosí, la marca líder es la del PVEM, y aunque MORENA tiene una notoria intención de voto, no cuenta con la estructura necesaria para liderar el proyecto hacia la gubernatura.
Es una realidad: los años pasan y MORENA no ve reflejada dicha preferencia electoral de encuesta en ayuntamientos o diputaciones locales, y la del 2027 será una elección con sensación dominante de contienda local en San Luis Potosí, aunque también se voten candidaturas al congreso federal; estas últimas, por cierto, también son reflejo del poderío territorial del Partido Verde.
En ese sentido, la alianza por el Potosí del 27 debería estar encabezada por quien postule el PVEM a la gubernatura, dado que los datos indican que esta marca ocupa la mayor parte de los espacios de poder. Y no se trata de otra cosa que de pragmatismo: ni la presidenta ni MORENA nacional se pueden permitir una fractura o una división por apoyar aspiraciones individuales locales.
En dado caso, lo que eventualmente ocurrirá será una equilibrada repartición de candidaturas: gubernatura para el PVEM, ayuntamiento de la capital para MORENA; tres diputaciones federales para MORENA, cuatro para el PVEM; equis ayuntamientos para unos, equis para otros. Y el acuerdo surgirá de encuestas, estadística, datos, y no de narrativas.
Lo que asegura la alianza verde-guinda-amarilla-roja es que la oposición no pueda recuperar la gubernatura de San Luis Potosí en el 2027, y tenga que concentrar todas sus posibilidades en retener posiciones como la alcaldía de la capital, lo cual sería muy complicado si no lanza a un candidato que cuente con los elementos suficientes para ganar como si el mazo de cartas fuera nuevo.
La candidatura de la oposición a la gubernatura del Estado de San Luis Potosí en 2027 será testimonial, a menos que ocurra una auténtica tragedia determinada por la concatenación de malas decisiones y errores irremediables por parte de la alianza en el poder. El primero de esos eslabones puede ser el de la soberbia, expresada en el descorche anticipado de las botellas de Champagne.
Eso, y una extraordinaria narrativa de la oposición capaz de modificar los datos.
















