DAVID HOCKEY Y LA SINESTESIA

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COLUMNA CULTURAL

EL MAÑANA SLP

LA CAJA VERDE

Algunos sentimos sabores en la boca al pronunciar ciertas palabras. A otros se nos aparecen colores cuando escuchamos ciertas melodías o recordamos personas, momentos y lugares si nos llega una bocanada de aromas específicos. La sinestesia potencia a la virtud.

Cuando escucho David Hockney me transporto a las mañanas de verano en que primos y amigos visitábamos el Museo Rufino Tamayo. Bajo esa construcción de Zabloudovsky descubrí la diversión en el color, la alegría en el arte y la grandeza del espacio como el antídoto para desacelerar a chamacos de cualquier edad.

No se trataba de entender, aprender o reflexionar, sino de recorrer un parque de diversiones en el que un teatro guiñol o un cuadro, eran tan nutritivos como salpicarnos los dedos con la salsa picante de una bolsa de papas fritas caseras o un algodón de azúcar.

El artista británico viajó a México en 1984. En el trayecto carretero por el estado de Puebla su automóvil se averió, obligándolo a hospedarse en el poblado de Acatlán. Frente a un escenario de flores, frutas y pobladores coloridos, sintió un sonido mágico que lo llevó a la incursión creativa como escenógrafo. Descubrió al agua como nueva herramienta pictórica: las formas y movimientos no se pueden atrapar, porque son tan cambiantes como las miradas.

Hockney no fue el más famoso del arte Pop, sino el artista multidisciplinario que dejó atrás el mundo gris de Inglaterra para voltear a ver al exterior como un acto de generosidad infantil. En los noventas utilizó al Fax y la fotocopiadora como recurso creativo; al inicio del milenio cambió el óleo, el caballete y los pinceles por un iPad; en su vejez se convirtió en el artista vivo más caro de la historia cuando una de sus obras se vendió en 90 millones de dólares.

El arte no envejece o muere con las herramientas; sino con la falta de curiosidad.

Supongo que la muerte a los 87 ocurrió de manera divertida, sinestésica.

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