Construye puente gigante y sueños igual de grandotes
Don Enchilado
Entre el claxon desesperado, el polvo que se mete hasta en el alma y los mentados “ya mero”, allá por el rumbo de carretera a Rioverde —perdón, Bulevar Valle de los Fantasmas— y el ya rebautizado Circuito Potosí, se está cocinando algo más grande que un puente: se está levantando el nuevo rostro de Soledad.
Sí, ahorita hay caos vial. Hay filas largas, gente renegando, uno que otro valiente queriéndose meter a la brava y el clásico don que desde la ventanilla sentencia: “¡Pos a ver si sí queda bueno!”. Pero siendo sinceros, hasta el desmadre tiene sentido cuando uno empieza a mirar semejante monstruo de concreto levantándose con una arquitectura que nomás de verla impone. Porque no es cualquier obra. Esa cosa parece decirle a la ciudad: “háganse a un lado, que Soledad ya dejó de jugar en ligas menores”.
Y es que, aunque algunos todavía no lo quieran aceptar, Soledad ya no es aquel municipio satélite que vivía a la sombra de la capital. Nel. Eso quedó en el baúl de los recuerdos. Hoy el crecimiento va tan rápido que hay colonias donde uno deja un baldío un mes y al siguiente ya hay una privada, un Oxxo y hasta fila para los tacos.
Ahí está toda la zona de San Felipe, que se viene transformando a pasos agigantados con San Lorenzo conectándose hacia Santo Tomás, San José y hasta La Constancia. Del otro lado, Rancho Nuevo y Puerta Real ya parecen otra ciudad pegada a la ciudad. Y qué decir de La Virgen y El Toro, donde el desarrollo ya agarró vuelo y no parece tener freno. Mientras tanto, rumbo a Palma de la Cruz, Valle de Palma empieza a dibujar otro polo habitacional que hace apenas unos años sonaba lejano y hoy ya es realidad.
La capital potosina, aunque le duela a algunos fifís de café y escritorio, ya está topada. Ya no tiene pa’ dónde hacerse. El espacio escasea, el tráfico ahorca y el crecimiento le quedó chico a sus propias calles. En cambio, Soledad tiene territorio, margen y una oportunidad histórica servida en charola de cemento y varilla. Pero ojo: el espacio por sí solo no hace milagros. Se necesita visión, gestión y sobre todo ganas de entrarle al toro.
Y ahí es donde aparece el alcalde Juan Manuel Navarro Muñiz, que trae ritmo de albañil con café cargado: obra tras obra, gestión tras gestión. Le guste o no a sus adversarios, el hombre entendió algo fundamental: la gente podrá perdonar discursos aburridos, pero jamás una calle hecha pedazos o un tráfico infernal.
Por eso este puente no es solamente concreto. Es símbolo. Es movilidad. Es conexión. Es la confirmación de que Soledad está dejando de ser “el municipio vecino” para convertirse en protagonista del crecimiento metropolitano de San Luis Potosí.
Y sí, falta mucho. Hay retos enormes. Habrá críticas, grillas y los eternos expertos de banqueta que todo lo arreglan con saliva. Pero mientras unos hablan, Soledad se está transformando frente a nuestros ojos.
Porque algo queda claro entre maquinaria, polvo y toneladas de acero: Soledad ya es otro. Y apenas va calentando motores.
Saeta 1.- ¡Llora, llora, mueve sus manitas, solo se contenta lográndose endeudar! Mientras la capital potosina se cae a pedazos entre falta de agua, calles destrozadas y obras que brillan por su ausencia, el alcalde Enrique Galindo Ceballos parece más ocupado en hacer berrinches políticos que en dar resultados. Ahora pretende heredarle a los potosinos una nueva deuda. Resulta preocupante que en lugar de asumir responsabilidades se recurra al discurso de víctima y a llenarse los bolsillos antes de irse. Quién sabe por qué me acordé del comercial de la muñequita chillona Lili Ledi
Saeta 2.- Qué retrato tan fiel de la administración municipal de la capital: mujeres pidiendo agua para sus familias y funcionarios del Interapas respondiendo con soberbia, malos modos y prepotencia. Cuando falta sensibilidad para atender una necesidad tan básica como el acceso al agua, sobra arrogancia para maltratar a los ciudadanos. El problema no fue sólo un empleado grosero; fue la exhibición pública de una cultura del gobierno de Enrique Galindo donde el poder se confunde con el abuso y el servicio con la humillación. Derechito a la derrota.















