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Staff / El Mañana
Misticismo y herencia se funden cada 24 de junio en Xilitla; las familias desentierran los secretos del cempasúchil para iniciar el viaje espiritual hacia el Día de Muertos.
Dicen los viejos sabios de las comunidades de Xilitla que los muertos nunca se van del todo, y que para recibirlos como se merecen, el trabajo empieza cuando el sol del verano está en su apogeo.
Aunque muchos piensen que el Xantolo es una fiesta de noviembre, la verdadera historia arranca cada 24 de junio, justo en el Día de San Juan Bautista, una fecha bendita y envuelta en misticismo donde la tierra huasteca se prepara para abrirle camino a las almas.
La tradición es todo un ritual sagrado que ha pasado de padres a hijos.
Todo empieza con un secreto guardado desde el año pasado: el 30 de noviembre, cuando se desmontan los altares de muertos, las familias colocan con sumo respeto una manta blanca debajo de las estructuras.
Ahí caen las semillas secas de las flores de cempasúchil que adornaron la fiesta.
Esas pepitas de oro vegetal se guardan celosamente durante meses para ser sembradas justamente hoy, logrando que el final de una celebración sea el nacimiento de la siguiente.
Para los pueblos indígenas de la Huasteca, sembrar la semilla en el Día de San Juan no es una coincidencia; es una jornada de profunda conexión con la naturaleza y el mundo espiritual.
Las familias bajan a sus parcelas con fe y cariño, limpian la maleza y depositan la semilla en los surcos, pidiéndole a la tierra que sea generosa.
Saben que en unos meses, esos campos se teñirán de tonos dorados y un olor dulzón inundará los senderos para guiar a los seres queridos que regresan del más allá.
Pero esta historia no solo vive de fe y recuerdos. Detrás de las manos llenas de tierra de los productores de Xilitla, hay un motor económico que le da de comer a muchas familias de la región.
La producción y venta del cempasúchil es el sustento de comunidades enteras, convirtiendo los conocimientos tradicionales en una herencia viva que da identidad y genera ingresos.
Así, entre el misticismo del Día de San Juan y el sudor del campo, la Huasteca demuestra que el Xantolo no es una fecha en el calendario, sino un ciclo eterno donde la memoria nunca muere.















