Tras Bambalinas
Por Juan de la Plaza
Resulta que sí se podía. Y no solo se podía, sino que ya está abierto, funcionando y lleno de familias. El llamado Dino Oasis, inaugurado por el gobernador Ricardo Gallardo Cardona en el Parque Tangamanga I, terminó por convertirse en algo más que un parque acuático: es el más reciente episodio de esa vieja batalla entre quienes quieren que las cosas cambien… y quienes prefieren que nada se mueva, no vaya a ser que alguien más disfrute.
Porque si algo dejó claro este capítulo es que en San Luis Potosí hay sectores que defienden el medio ambiente con la misma pasión con la que antes defendían los privilegios. De pronto, surgieron expertos en hidrología, activistas de ocasión y juristas improvisados que, con recursos legales dignos de mejor causa, intentaron frenar el proyecto. Todo bajo una bandera ambientalista que, curiosamente, se desinfló en cuanto los tribunales federales comenzaron a revisar los argumentos.
Y ahí vino el primer balde de agua fría: no había sustento. Que si el agua, que si el impacto, que si el riesgo… nada resistió el análisis jurídico. Pero eso sí, el ruido mediático ya estaba hecho. Porque en estos tiempos, perder en tribunales no implica guardar silencio; implica redoblar la apuesta en redes sociales.
Entonces vino la segunda fase: las fake news. Que si se estaba “robando” agua, que si se afectaría a colonias, que si el parque era un capricho. La narrativa del desastre inminente. Lástima que la realidad, terca como siempre, terminó imponiéndose: agua tratada, operación viable y, sobre todo, un espacio que hoy está siendo utilizado por quienes nunca han tenido acceso a clubes privados ni a albercas de membresía.
Ahí es donde el asunto se vuelve incómodo para algunos. Porque el Dino Oasis no es solo un parque; es un recordatorio de que el espacio público también puede ser digno, atractivo y funcional para las mayorías. Y eso, para ciertas élites, sigue siendo difícil de digerir.
Durante años, el acceso al esparcimiento de calidad fue prácticamente un lujo. Infraestructura abandonada, proyectos olvidados y una visión de gobierno donde el entretenimiento popular parecía irrelevante. Hoy, con esta obra, se rompe esa inercia. Y no por casualidad: hay una intención clara de colocar el bienestar social en el centro, aunque eso incomode a quienes estaban acostumbrados a que lo público fuera sinónimo de precariedad.
Además, el impacto no es menor. El Dino Oasis no solo refresca a las familias potosinas en temporada de calor; también comienza a perfilarse como un nuevo punto de atracción turística, generador de empleo y dinamizador de servicios. Es decir, no solo es recreación, también es economía. Pero claro, eso tampoco encajaba en el guion de los opositores.
Al final, la historia es sencilla: un proyecto que enfrentó resistencia política disfrazada de causa ambiental, que fue desmontada en tribunales y que hoy funciona como símbolo de una política pública orientada a las mayorías.
Y quizá lo más irónico de todo es que, mientras algunos siguen indignados en redes sociales, miles de familias ya están dentro del parque, disfrutando lo que durante años se les negó.
Así, entre toboganes y chapoteaderos, el Dino Oasis terminó haciendo lo que muchos creían imposible: demostrar que el “no se puede” era más bien un “no querían”.
















