Desde la Banqueta
Ericks Segura.
En San Luis Potosí el agua ya no calma la sed, la agrava. Se ha vuelto una metáfora incómoda, fluye turbia, como los argumentos del alcalde Enrique Galindo Ceballos, que insiste en debatir fechas mientras la realidad se filtra —literalmente— en cada vaso que consumen los potosinos.
Porque aquí no se trata de si el estudio es del 2007 o de ayer. La ciencia ya respondió, es vigente, es actual y es alarmante. Lo verdaderamente viejo es el recurso de evadir responsabilidades. Mientras el alcalde juega a descalificar tiempos, hay infancias expuestas a arsénico, flúor y hasta uranio. Niñas y niños creciendo con un enemigo invisible que no entiende de discursos ni ruedas de prensa.
La ironía es grotesca, cloran el agua como si con eso se borraran los metales pesados, como si bastara perfumar el veneno. Y todavía se atreven a decir “no hay problema”. Claro, no lo hay… si uno decide no verlo.
Pero este no es un caso aislado, es un patrón. Falta de agua en colonias, inseguridad que se respira más densa que el smog, policías señalados por abusos, calles convertidas en mapas lunares y una administración donde hasta dentro denuncian violencia. Un gobierno que presume bacheo mientras la ciudad se desmorona, que promete seguridad mientras el miedo se vuelve rutina.
¿Y qué hace el alcalde? Preparar el siguiente salto político. Porque mientras San Luis se hunde, él calcula. Como buen operador, ya tantea el terreno rumbo a 2027. No gobierna, administra su futuro.
¿Para esto pidió ser reelecto? ¿Para darnos agua que enferma y una ciudad que retrocede?
Escribo esto con interés propio, sí. Soy potosina. Soy madre. Me preocupa que mi hijo crezca bebiendo riesgo, caminando entre miedo y esquivando hoyos que reflejan abandono. Soy periodista y estoy cansada de escuchar discursos que no resisten el contraste con la realidad.
Esta columna no es solo crítica, es advertencia. Porque el problema no es el agua, es la indiferencia. Y eso también se vota.
San Luis Potosí no necesita más explicaciones. Necesita soluciones. Y sobre todo, memoria.
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Erika Jacqueline Segura Álvarez, 27 años. Periodista y reportera, madre de familia, con vocación en los medios de comunicación y un firme interés en la política y los acontecimientos sociales.
















