El amigo del amigo

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El Separador

No recuerdo cómo es que me hice aficionado a la lectura ni cómo es que me encariñé con los boleros yucatecos o los sones cubanos. Culparé al soundtrack de mi niñez y al constante ojear revistas desde que tengo memoria.

Nunca falta el amigo del amigo que llega con un disco o una recomendación, de pronto ese sonido, ese verso o esa escena peculiar llega a casa como el repartidor de Uber con la comida del vecino, por equivocación. Decenas de cassettes, LP´s y revistas gringas para adultos aparecieron en mis manos cuando aún no había terminado de aprender a sumar y restar; pero ya andaban por ahí las ecuaciones de segundo grado.

Fue un amigo de un amigo quien me presentó con el amigo de otro amigo para conseguir mi primera chamba, la que cambié porque otro amigo tenía amigos en otra industria, lo que le dio un giro a mi carrera profesional y de rebote, a mi condición sentimental.

El amigo del amigo suele ser el ente anónimo que preferimos ocultar para evitar cualquier tipo de compromiso o responsabilidad: andaba yo en casa del amigo de un amigo cuando se me presentó esa oportunidad que no pude rechazar; la amiga de un amigo es la que me dio a probar esa cosa de la que no me puedo despegar; me enteré porque al amigo de un amigo le pasó igualito; conocí a tal o a cual por ser amigo de un amigo y así, se fueron dando las cosas.

Buscando al amigo que me sacara del bache, caminaba por Av. Cuauhtémoc luego de que “aquella” me cancelara -sin explicaciones- la cita para una tarde que pasaríamos sin amigos ni interrupciones. Rumbo a la Cineteca, frente a la estación División del Norte reconocí al escritor del libro que había conseguido hacía poco en un tianguis y que, lejos de ser una obra memorable o recomendable, escondía como lo hacen las páginas impresas, grandes secretos, nombres y detonadores de curiosidad.

El amigo encuadernado que dormía en mi mochila, fue un buen pretexto para presentarme y echarle un piropo al autor de aparición fortuita. Ingenuo, esperaba hacerme su amigo; pero solo conversamos quince minutos y nos despedimos de apretón de manos. No pudo autografiarme su libro pues “no traía pluma”.

Dos semanas después de nuestro encuentro, la depresión y las denuncias por acoso le arrebataron la vida a Armando Vega Gil. Lo supe por el amigo de un amigo.

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