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Cesar Cedillo
Durante años he sido testigo de la preparación que existe detrás de las comparsas de Xantolo en la Huasteca Potosina. He visto los ensayos, el cansancio, la disciplina y el compromiso de quienes dedican meses a mantener viva una tradición que forma parte de nuestra identidad. Por eso, cuando veo bailar a un huehue, sé que detrás de la máscara hay historia, orgullo y respeto por nuestros antepasados.
Ser huehue exige una condición física extraordinaria. Bailar durante horas, cargar vestuarios elaborados y portar máscaras de madera que, por su peso y estructura, pueden dificultar la respiración requiere fuerza, resistencia y una voluntad capaz de imponerse al agotamiento. Los pasos que parecen sencillos son resultado de incontables ensayos; los movimientos, de coreografías trabajadas con paciencia; las presentaciones, de un esfuerzo que muchas veces el público no alcanza a imaginar.
A lo largo de los años he aprendido a mirar esta tradición con una admiración todavía más profunda. Sé lo que implica prepararse, corregir movimientos, cuidar los detalles del vestuario y sostener el ritmo aun cuando el cuerpo pide descanso. Pero también entiendo que el esfuerzo físico es apenas una parte de lo que significa ser huehue. En sus danzas vive el misticismo de Xantolo, la memoria de quienes se nos adelantaron en el camino y la manera en que la Huasteca honra a sus difuntos, celebrando la vida y manteniendo presente el vínculo con quienes ya partieron.
Detrás de las máscaras hay dedicación; detrás de las comparsas, meses de trabajo; y detrás de esta celebración, generaciones que han protegido una herencia que merece ser reconocida y transmitida. Se trata de representar una cultura viva, de llevar nuestras raíces con orgullo y de rendir homenaje a nuestros antepasados con el cuerpo, el alma y el corazón.
Por eso, cuando veo a los huehues salir a las calles, percibo sacrificio, disciplina, identidad y amor por una tradición que sigue latiendo con fuerza en la Huasteca Potosina. Toda la preparación que implica, desde los ensayos y las coreografías hasta los vestuarios, las máscaras y la resistencia física, confirma algo que he aprendido con los años: ser huehue, sin duda, es todo un arte. Una entrega que merece respeto y mantiene vivas nuestras raíces y nuestra memoria.
















