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Política sapiens
Octavio César Mendoza
Diógenes pidió a Alejandro Magno que se hiciera a un lado para que no le arrebatar su más preciado bien: la luz del sol. Ozymandias declaró, en el ocaso de su esplendor, que ningún hombre sobre la tierra crearía más obra que la suya y nadie olvidaría su nombre. Tanto el filósofo desnudo como el monarca sepultado por la arena entendían de manera diferente la naturaleza del tiempo. Sin embargo, en este Potosí de Dios -y en cualquier latitud donde el poder emborracha y la sabiduría escasea-, los gobernantes insisten en olvidar que el sol de su mandato tiene una hora fija para ocultarse. En la noche se apaga el brillo del oro bajo el peso de las sombras, y es ahí cuando comienza la danza de los equívocos.
Lo he atestiguado en no pocas ocasiones: el “Síndrome de Fin de Mandato” es una patología del ego donde el gobernante contempla cómo la atención migra hacia el sol naciente de la sucesión; y en esa pérdida progresiva de autoridad los subordinados, antes solícitos y besamanos, comienzan a ensayar el arte del vacío, desobedeciendo órdenes o buscando el cobijo del siguiente árbol que brinde buena sombra.
Al llegar el invierno político, el gobernante enferma de obsesión con legado. Temeroso del olvido que se cierne sobre sus sienes, el príncipe intenta forzar la marcha del reloj, apresura reformas de ley e inaugura obras con la pintura fresca y los cimientos flojos. Y esa prisa neurótica se acelera si existe otra pretensión o aspiración de salto a un nuevo sitial de poder, lo que deja un cementerio de elefantes blancos a su paso.
En su entorno se da inicio al canibalismo de los herederos guiados por un intento desenfrenado de imponer al sucesor que garantice la impunidad o la continuidad del mito, lo que desata un apocalipsis zombi donde la autofagia de las huestes comienza a hacer estragos en las filas partidistas. Ahí comienza el desastre de la narrativa y, también, de la aritmética. Las arcas públicas sufren los daños del descontrol del “Año de Hidalgo”, se comprometen los presupuestos futuros, se otorgan beneficios de última hora para los amigos y aliados, los cuales derivan en bombas de tiempo para la siguiente administración, y se postergan las decisiones difíciles para que el de atrás pague.
Mientras, la sociedad en sus tristes calles resiente el abandono, los servicios públicos desmejoran porque la burocracia se ocupa de salvar el pellejo a través de los reacomodos internos de última hora: —Mándeme a Cultura, Jefe, en lo que bajan los pedos -dicen que dicen algunos atinados funcionarios que ya andan extraviando los expedientes por las prisas.
Por ello creo que para gobernar el ocaso se requiere de una poca de gracia y otra cosita: sabiduría. Hay que saber discernir entre la verdad que camina desnuda por la calle y la fantasía palaciega que se cubre con un manto tenue de trémula piel; pero, aún más importante, entre el consejero consciente y el adulador peligroso que le jura al César que su pueblo está llorando su partida. Esa sabiduría va a contra corriente de las emociones y los defectos de personalidad; sobre todo el de la soberbia cuando esta es el mecanismo de defensa de un narcisismo patológico que se confunde entre los fragmentos de los espejos rotos de aquella oficina donde despachó a sus anchas.
El poder, como la vida, el amor o la salud, es un préstamo divino con fecha de caducidad; pretender perpetuarlo mediante el desfalco o la imposición es ignorar las duras lecciones de la historia porque, al final, la realidad se quitará su máscara y mostrará su verdadero rostro, y otra máscara cubrirá las veleidades de quien asuma el control del futuro cuasi presente, y es en ese penar de años donde el antes todo-poderoso se observa, aterrorizado, en su verdadera estatura moral, intelectual e histórica. Ah, y el pueblo lo empezará a aborrecer si se aferra por sus destos a lo que ya no es suyo.
Cierto: no cualquiera llega y no todos terminan siendo sabios en lugar de ricos, dijo nadie nunca.













