El bosque que le dio una lección al poder

Tras Bambalinas

Por Juan de la Plaza

En la política potosina hay derrotas que pesan más que cien discursos triunfalistas. La del ayuntamiento capitalino en Puerta de Piedra es una de ellas. Porque no cayó una obra, no se frenó un trámite cualquiera y no se retrasó una operación inmobiliaria más: lo que se desplomó fue la vieja costumbre de creer que desde la oficina se puede disponer de lo público sin preguntarle a nadie.

El llamado bosque urbano de ese fraccionamiento terminó convirtiéndose en algo mucho más grande que un parque vecinal. Se volvió símbolo. Símbolo de una ciudadanía que ya no se traga boletines, que ya no se impresiona con conferencias de prensa y que entendió que cuando el gobierno cierra la puerta, toca abrir la del juzgado.

Todo empezó como comienzan muchas historias de abuso institucional: rumores, versiones cruzadas, silencio oficial y una comunidad preguntando qué estaba pasando con un espacio que ellos mismos rescataron, cuidaron y transformaron en punto de convivencia. Mientras las familias regaban árboles, limpiaban áreas comunes y construían comunidad, en algún escritorio alguien veía metros cuadrados, plusvalía y oportunidad de negocio.

El alcalde Enrique Galindo y la mayoría de su cabildo apostaron a lo de siempre: aprobar primero, explicar después… si es que explicaban. Pensaron quizá que se trataba de vecinos dóciles, de esos que protestan un fin de semana y luego se cansan. Error de cálculo.

Lo que vino después fue una cátedra de organización ciudadana. Asambleas, firmas, presencia pública y finalmente la ruta legal. Sin acarreados, sin presupuesto, sin operadores y sin estructura. Solo ciudadanos defendiendo lo suyo frente a una maquinaria municipal que suele sentirse intocable.

La suspensión judicial concedida a los vecinos tiene un valor político enorme. No solo detiene temporalmente la venta del predio; exhibe además que había materia suficiente para que un juez frenara al gobierno capitalino. Traducido al lenguaje común: algo olía mal.

Y cuando un conflicto vecinal termina en tribunales, casi siempre revela lo mismo: falta de diálogo, opacidad y soberbia administrativa. El problema nunca fue únicamente el terreno. El problema fue el método. Decidir arriba, imponer abajo y confiar en que nadie se organizaría.

Galindo, que gusta proyectarse como alcalde moderno y de soluciones técnicas, recibió una lección elemental de democracia urbana: la ciudad no se gobierna como notaría privada ni como inmobiliaria con patrulla escolta. Se gobierna escuchando.

Ahora quedan preguntas incómodas. ¿Quién compraba? ¿En qué condiciones? ¿Hubo información privilegiada? ¿Existían ventajas indebidas? ¿Por qué tanta prisa? ¿Quién empujó realmente la operación? Son preguntas que no desaparecerán con comunicados elegantes.

Puerta de Piedra deja una moraleja poderosa para toda la capital: cuando la autoridad se encierra, la comunidad se organiza. Cuando el poder abusa, la ley puede equilibrar. Y cuando un gobierno subestima a sus vecinos, termina perdiendo algo más valioso que un juicio: pierde autoridad moral.

En esta ocasión, los árboles resistieron. Y de paso, también hicieron sombra sobre el poder municipal.

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