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El costo de ser “la que siempre puede”: La trampa de la disponibilidad absoluta

Ana & Lisa

Seguramente, en más de una ocasión, has sentido ese cansancio que no se quita durmiendo ocho horas. Es una fatiga sorda, una especie de ruido de fondo que aparece cuando te das cuenta de que tu lista de pendientes nunca se termina, solo se transforma. Al acercarse el 8 de marzo, solemos escuchar discursos sobre nuestra fortaleza y resiliencia, pero poco se habla del precio que pagamos por ser, precisamente, las que siempre están ahí, las que resuelven, las que no fallan. Hemos normalizado vivir en un estado de hiper-productividad donde nuestro valor parece medirse exclusivamente por cuánto somos capaces de producir o de facilitar la vida de los demás, dejando nuestra propia salud mental como algo secundario que ya atenderemos “cuando haya tiempo”.

Desde la psicología, este fenómeno tiene raíces profundas en la forma en que somos educadas. Existe una presión silenciosa por ser la “buena alumna” en todos los ámbitos: la profesional impecable, la hija presente, la pareja que sostiene. Esta necesidad de cumplir con expectativas externas no es solo un rasgo de personalidad; es una respuesta a un sistema que premia la abnegación femenina. Cuando operamos bajo esta lógica, el descanso no se siente como un derecho, sino como un síntoma de fracaso o una falta de carácter. Aparece entonces una culpa persistente, un “juez interno” que nos susurra que, si no estamos haciendo algo útil, estamos perdiendo el tiempo. Esa culpa es, en realidad, una de las herramientas de control más potentes de nuestra cultura, porque nos mantiene funcionando al límite sin necesidad de que nadie más nos presione.

Lo que ocurre en nuestro sistema nervioso es un estado de alerta constante. No es solo que tengamos muchas tareas, es que nuestra mente está operando como una central de gestión de crisis las veinticuatro horas del día. Esta “disponibilidad absoluta” nos lleva a un agotamiento que la ciencia describe como el desgaste por empatía o la carga mental acumulada. El problema es que hemos romantizado la capacidad de aguantar, tratándola como una virtud cuando, en realidad, es un mecanismo de supervivencia que nos está enfermando. El 8M debería ser también un espacio para cuestionar por qué se espera que seamos nosotros quienes sostengamos la armonía emocional de nuestro entorno a costa de nuestra propia energía.

Reclamar nuestra autonomía hoy no tiene nada que ver con los rituales de bienestar superficiales que nos venden en redes sociales. Tiene que ver con algo mucho más difícil y radical: el derecho a ser mediocres, a no llegar a todo y a dejar de ser la solución para los problemas de los demás. La verdadera libertad empieza cuando nos damos permiso para dejar de ser “excepcionales” y aceptamos nuestra humanidad con todos sus baches y límites. Este año, quizás el mejor reconocimiento que podemos darnos no es por lo que hemos logrado, sino por lo que nos atrevamos a soltar. Aprender a decir que no, a poner límites claros y a entender que no somos responsables del bienestar del mundo entero es, probablemente, el acto de autocuidado más honesto que podemos ejercer.

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