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Por Joseph Malone de la Paz
Hay oficinas públicas que cuestan dinero. Y hay otras que, además de costar dinero, hace años dejaron de producir absolutamente nada. El Consejo del Patrimonio de Áreas y Centros Históricos de San Luis Potosí pertenece a esta última categoría: una institución que sobrevive únicamente en el organigrama y en la nómina, pero que desapareció hace mucho tiempo de la vida pública del Estado.
Resulta ofensivo descubrir que durante años sus titulares y parte de su estructura administrativa recibieron salarios financiados por los potosinos mientras el organismo acumulaba silencio, irrelevancia y ausencia. Nadie recuerda un proyecto trascendente. Nadie puede señalar una política pública impulsada desde esa oficina. Nadie extraña su desaparición porque, en los hechos, llevaba años desaparecida.
Joseph Malone sabe bien que no siempre fue así.
Cuando el virrey Horacio Sánchez Unzueta creó el Consejo Consultivo del Centro Histórico en 1997, existía una misión concreta: conseguir que San Luis Potosí ingresara a la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Aquella sí era una causa que justificaba reunir arquitectos, académicos, empresarios, historiadores y autoridades alrededor de una misma mesa. El Consejo nació para abrir una puerta al mundo.
La puerta se abrió.
Pero nadie tuvo el valor de cerrar la oficina.
Con el paso de los años, el organismo fue perdiendo atribuciones mientras el Centro Histórico seguía transformándose, a veces para bien, a veces para mal, ante los ojos de los tres niveles de gobierno, mientras el Consejo permanecía ahí, cada vez más inservible, cada vez menos visible, convertido en una pieza burocrática que terminó funcionando como una agencia de colocaciones de gobernantes en turno.
Ni siquiera su lento desmantelamiento provocó debate. La salida del inútil y frívolo Juan Carlos Machinena, el fallecimiento de Yaspik Cáceres Márquez y la dispersión del personal sólo confirmaron una realidad evidente: la institución había dejado de existir mucho antes de cerrar sus puertas.
Conservar edificios históricos es indispensable. Conservar oficinas históricas, no.














