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Por Joseph Malone de la Paz
El neurólogo Viktor Frankl escribió en los campos de concentración una verdad que hoy las estadísticas sociales vuelven a confirmar: no son las circunstancias las que hacen difícil la vida, sino la falta de un propósito.
En un mundo obsesionado con medir la felicidad a través del consumo, los recientes datos del Bienestar Autorreportado (BIARE) del INEGI en San Luis Potosí nos regalan una radiografía humana sumamente profunda. Los potosinos registran una sólida satisfacción con la vida de 8.6 sobre 10, un puntaje que cobra un valor incalculable cuando se desglosa el entorno que habitan.
Si analizamos fríamente el reporte, la seguridad ciudadana obtuvo la peor calificación con un doloroso 6.44.
Cualquiera pensaría que el miedo fractura el ánimo de un pueblo, pero la realidad potosina rompe los pronósticos.
Frente a esa sombra, emergen faros de luz extraordinarios: la libertad de las y los potosinos para decidir sobre la propia vida alcanza un 9.18; las relaciones familiares se coronan con 9.04 y el orgullo de pertenecer a la colonia o al barrio se sitúa en 8.70.
En San Luis Potosí hay una motivación intrínseca para existir; las familias no se rinden ante la adversidad exterior porque blindan su realidad desde adentro.
Esta resiliencia contrasta con los resultados de estados del centro y sur del país con menores puntuaciones en bienestar, donde la desesperanza económica o el aislamiento comunitario hunden la percepción del futuro.
Para el potosino, la actividad principal (8.78) y la fe en el porvenir (8.69) demuestran que el trabajo diario tiene un significado: hacemos lo que hacemos para disfrutar la recompensa por hacerlo.














