El silencio que precede al estruendo: Reflexiones tras Teotihuacán

Ana & Lisa

El pasado lunes 20 de abril, lo que debía ser una jornada de turismo y asombro en la zona arqueológica de Teotihuacán se transformó en un escenario de terror. Julio César Jasso Ramírez, un hombre de 36 años, escaló la Pirámide de la Luna y, desde la cima, abrió fuego de manera indiscriminada contra los visitantes que se encontraban en la plaza y en las escalinatas. El ataque, que duró aproximadamente 25 minutos, dejó un saldo trágico de dos personas fallecidas —entre ellas una turista de nacionalidad canadiense— y al menos 13 heridos de diversas nacionalidades, antes de que el agresor se quitara la vida al verse acorralado por las autoridades.

Las investigaciones preliminares han revelado un dato que hiela la sangre: el ataque no fue un impulso momentáneo, sino un acto meticulosamente planeado. Jasso Ramírez había pasado días estudiando la zona y recolectando equipo, inspirado por perfiles de atacantes masivos de otros países. Este nivel de premeditación nos obliga a mirar más allá del suceso violento y cuestionarnos qué ocurre en la mente de una persona para que el asesinato masivo y el suicidio se conviertan en su única salida visible.

Desde la psicología, un acto de esta magnitud rara vez surge de la nada; suele ser el final de un largo proceso de erosión mental. No estamos hablando de un “arrebato”, sino de una acumulación de factores como el aislamiento social profundo, la deshumanización del entorno y, en muchos casos, una ideación paranoide o un resentimiento crónico que se alimenta en la soledad. Cuando una persona pierde el sentido de pertenencia y de realidad, el mundo exterior deja de estar poblado por seres humanos para convertirse en un escenario donde proyectar su dolor y su ira acumulada. La radicalización, ya sea por ideologías o por la obsesión con crímenes pasados, sirve como un “pegamento” que le da un propósito distorsionado a una vida que se siente vacía.

Aquí es donde la red de apoyo —familiares, amigos, compañeros de trabajo— se vuelve la primera y más importante línea de defensa. Existen conductas de alerta o “fugas de intención” que, aunque a veces parecen sutiles, son gritos de auxilio que no debemos ignorar. El aislamiento repentino, el abandono del cuidado personal, los cambios drásticos en el humor o, de manera más directa, la obsesión con temas de violencia y armas, son señales de que algo se está rompiendo por dentro. No se trata de convertirnos en espías de nuestros seres queridos, sino de recuperar esa capacidad de observar y preguntar: “¿Cómo estás realmente?”.

El reto como sociedad no es solo mejorar la seguridad en los espacios públicos, sino fortalecer nuestros vínculos. Una red de apoyo presente y atenta no solo contiene emocionalmente, sino que puede ser el puente hacia una intervención profesional antes de que el malestar se convierta en una tragedia irreparable. Lo ocurrido en Teotihuacán nos recuerda que la salud mental no es un tema privado, es un compromiso colectivo. Detectar una señal a tiempo no solo salva a quien sufre, sino que protege la paz de todos los que caminamos a su alrededor.

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