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Política Sapiens
Octavio César Mendoza
Todo gobernante debe saber que la sensibilidad social se manifiesta en los detalles. Por más maloliente que parezca, la gobernabilidad de un municipio no se mide en las grandes promesas de campaña ni por las magnas obras de infraestructura o por los discursos rimbombantes y los festejos patrios en medio de la plaza pública; se mide, de manera implacable, en la recolección de sus desechos: la escala más baja de operatividad de todo ayuntamiento.
En Soledad de Graciano Sánchez, la realidad ha alcanzado al discurso oficial por esa vía de lo más elemental. Cuando todo eran risas y fotografías, cortes de listones inaugurales y aspiraciones futuristas promovidas en torno al mandamás de la demarcación, los tiraderos clandestinos que brotan como hongos en la periferia de la cuna del gallardismo asomaron su rostro de medusa cuando se produjo el descontento de los ciudadanos y el descontrol de los carretoneros.
Ambos bandos, motivados por una doble necesidad de supervivencia en un hábitat saludable y de viabilidad económica, mostraron el precario equilibrio político que sostiene a un ayuntamiento donde el color Verde Ecologista contrasta seriamente con la realidad, al minimizar una problemática que ya desborda su capacidad de gestión porque tanto los tiraderos clandestinos y los carretoneros operan ante la vista de la autoridad; pero, sobre todo, ante la molestia de los ciudadanos.
Esto se agravó aún más porque muchos de los camiones cargados de desechos provienen de otro municipio, Villa de Pozos, así como de la Zona Industrial; es decir que tanto Pozos como la Capital arrojan sus desechos en Soledad, pero no pagan derecho (a menos que este tecleador lo ignore. Caminar por ciertas zonas de Soledad es enfrentarse a focos de infección y caminos bloqueados por desechos que evidencian que el territorio está siendo arrebatado a las instituciones.
El fenómeno de tiraderos y carretoneros que operan bajo sus propias reglas es un desafío a cualquier intento de ordenamiento ecológico o vial. Y cuando un ayuntamiento es incapaz de controlar quién recoge y dónde tira la basura en su propia casa, lo que se pierde no es sólo la limpieza, sino el control de la gobernabilidad. ¿Le queda grande a las autoridades municipales de Soledad este problema, o se trata del efecto de la costumbre de que aquí no pasaba nada o nadie se daba cuenta?
Soledad está creciendo mucho, y eso es porque el Gobernador le ha metido mucho recurso a este municipio donde nació el gallardismo; pero administrar una de las demarcaciones más complejas del Estado requiere de operadores políticos y planificadores técnicos de alto nivel, y no de meros espectadores de la crisis urbanas que dejan en claro cuáles son los alcances de quienes rodean al alcalde, para no poner en duda otra cosa.
Si el equipo cercano al alcalde no es capaz de resolver una ecuación tan básica como el destino final de los residuos y la regulación de quienes viven de transportarlos, es legítimo dudar de su capacidad para enfrentar tormentas mayores. La basura que se acumula en las esquinas es una metáfora del rebase de problemas cotidianos que pueden poner en jaque a quien se supone debería mandar con firmeza en su casa.
Aún es tiempo para corregir y ordenar de raíz, porque el reloj político avanza mientras el olor a descomposición social, si no se atiende, termina por asfixiar a cualquier gobierno.














