Octavio
A lo largo de nuestra historia política local, pocos procesos electorales se han anticipado tanto a sus fechas oficiales como el que hoy vivimos los potosinos, y su aceleración puede llevar a más de uno a sufrir un descalabro por ansiedad, debido al cambio de agendas donde lo menos seguro es obtener una candidatura firme al Poder Ejecutivo del Estado.
Ese ímpetu de las maquinarias electorales genera más desgaste que ganancias. Aunque no hay fecha que no llegue ni plazo que no se cumpla, estamos a 16 meses del día que lo define todo, y cualquier demostración de músculo se desvanece con el paso de los días. Eso sí: quien alimente mejor a su ejército, lo tendrá con mejor ánimo para la batalla verdadera.
Cuando no hay nada para nadie y la moneda está en el aire, la incertidumbre de los aspirantes se transmite a los electores: a mayor inseguridad de ocupar un lugar en la boleta, menor es el impacto a largo plazo en el ánimo social. No estamos en un escenario donde podamos afirmar quiénes disputarán la elección constitucional, porque se han tensado demasiado las formas. No por mucho madrugar, amanece más temprano.
Si bien hay perfiles adelantados en cada partido, eso no significa que así vaya a mantenerse la posibilidad. La exposición excesiva encuentra pronto su techo de crecimiento, y cuando ya no se puede crecer sí se puede decrecer. Y eso es un riesgo.
Existen fenómenos políticos encarnados en liderazgos únicos que la sociedad reclama desde mucho antes de las elecciones, como ocurrió con quien hoy gobierna San Luis Potosí, Ricardo Gallardo Cardona, quien desde 2015 pudo haber logrado el triunfo; o en el año 2000, cuando Marcelo de los Santos Fraga ya era visto como Gobernador apenas iniciaba su mandato como Presidente Municipal. Verdaderos garbanzos de a libra.
Hoy son muchos los aspirantes, pero ningún analista se atreve a decir que este arroz ya se coció, porque los factores que determinan la viabilidad de cualquier candidatura están sujetos con alfileres en estos tiempos turbulentos.
Quizás el factor más evidente es la crisis que atraviesan los partidos y sus dirigencias, llevadas al extremismo pragmático por motivos personales y no ideológicos. En su reciente desencuentro con la presidenta, no midieron el impacto emocional en la sociedad a la que aspiran gobernar. Ninguno fue lo suficientemente listo para encabezar el liderazgo opositor en 2027 ni para fortalecer la alianza dominante. Camarones dormidos.
Regresemos a lo local, donde la moneda sigue en el aire: a quienes se dejan tentar por un cambio de siglas se les puede ir el tren; a quienes se adelantan antes del disparo de salida, se les puede cansar el caballo; a quienes se mandan solos, se les puede dejar en visto. La prudencia se impone como estrategia, porque donde menos se espera saltará la liebre.
Parece que falta mucho para algunos y poco para otros. La verdad es que para todos falta lo mismo. Hay carismas bien posicionados, pero aún no queda claro contra quién será el verdadero contraste, ni si en la línea de salida habrá relevo de último minuto.
El juego político es tan azaroso como cualquier deporte. Aunque se posean las herramientas necesarias, no debe descartarse a nadie ni dejar de observar la interactuación de los actores. Hoy son todos los que están; mañana serán sólo quienes el trabajo previo, los factores decisivos y el azar conduzcan a la boleta.
El camino es largo y tiene puntos de inflexión. El momento de las pasiones llegará; pero hoy, por más porras y músculo que se ofrezcan, la sociedad no siente aún esa emoción auténtica de estar del lado de quien habrá de ganar.
Serenidad y paciencia. ¿O era prudencia? Sí, también. Y mucha.











