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AQUISMON.- En Aquismón, la vida y la muerte se cruzaron otra vez en un desfile que huele a pan caliente y copal. Las calles se llenaron de papeles picados de colores, comparsas y caminos tapizados de cempasúchil, para recibir a quienes —según la tradición— regresan una vez al año a saludar desde el más allá.
Entre risas, música y nostalgia, los muertos desfilaron simbólicamente por las calles: en cada altar, una historia; en cada plato, un recuerdo. El aire estaba cargado de ese aroma dulce y sagrado que solo el Día de Muertos puede tener: mezcla de ofrenda, azúcar, flores y memoria.
Porque en Aquismón, lo tienen claro: el olvido es el entierro más grande, y aquí nadie se olvida. Cada familia mantiene viva la costumbre de adornar su casa, cocinar el pan tradicional y encender velas para guiar a las almas en su camino de regreso.
Durante las festividades, el Presidente Municipal Cuauhtémoc Balderas Yáñez también se unió al espíritu de la fecha. Como cada año, recibió en su domicilio a ciudadanos aquismonenses y entregó dotaciones de harina y azúcar, ingredientes esenciales para preparar el pan y las ofrendas que decoran los altares.
Con este gesto, el edil reafirmó su compromiso de mantener vivas las costumbres que fortalecen la identidad huasteca, uniendo a las familias en torno a la memoria y el cariño por los que ya no están.
















