Agencia Reforma
Ciudad de México 9 junio 2026.- En su Oda a Gaudí, poema de 1955 para el que incluso ofreciera instrucciones sobre cómo recitarlo, Juan Eduardo Cirlot no buscó explicar al arquitecto catalán, sino dar un equivalente emocional de su arte.
“Gaudí lleno de sangre mineral / abre las cataratas de las rocas, / insertando los vidrios instantáneos / en la desmesurada pesadumbre”, plasmó el poeta, crítico de arte y simbólogo español (1916-1973), que ya unos años antes había dedicado otros versos a aquel “relámpago de carne hecha de roca”.
“Tu arquitectura gime como un bosque / crucificado en furia que no mengua / bajo las destrucciones cenitales”, inmortalizó en el poema A Gaudí, del 51. “Yo pido a ese sarmiento que me enrosque / con brasas y zafiros esta lengua / de pecados y cantos capitales”.
En el marco del centenario luctuoso del arquitecto (1852-1926), considerado el máximo exponente del modernismo catalán, la editorial mexicana Vaso Roto lanzó El arte de Gaudí, libro que reúne las letras que por 16 años, entre 1950 y 1966, Cirlot dedicara a su obra y figura, incluidos los poemas ya referidos.
Recuperar tales escritos resulta de gran valor en tanto el autor de títulos como Ferias y atracciones y el Diccionario de símbolos tradicionales se apartó de las interpretaciones convencionales para situar la arquitectura gaudiniana dentro de una visión profundamente poética y simbólica.
“Su obra hay que interpretarla; la podemos interpretar haciéndole embalaje o la podemos interpretar metiéndonos dentro. El libro de Cirlot se mete dentro”, subraya en entrevista el arquitecto e investigador español Enrique Granell (Barcelona, 1955), responsable del volumen.
“Muchas de las críticas que hoy podemos leer giran alrededor de Gaudí, pero no entran en el asunto. Y yo creo que el gran aporte del libro de Cirlot es que habla quemándose; es decir, se mete en el fuego de la creación. Y eso es algo que los demás no han hecho”, añade.
En su prólogo al volumen, Granell pondera que el marcado interés de Cirlot por Gaudí es producto no nada más del contacto que a fines de los 40 el poeta tuvo con personalidades como Joan Miró y André Breton, sino de haber habitado él mismo en su infancia el conjunto gaudiniano de La Pedrera.
Y es su condición de poeta, precisamente, lo que parece dotarle de una sensibilidad distinta a la de los comentaristas que se enfocan en cuestiones constructivas y técnicas; “un poeta no entiende de esas cosas, por suerte. Entiende de otras”, contrasta Granell.
De ahí que, al recorrer edificaciones emblemáticas -o “grutas mágicas”- como la Sagrada Familia, el Park Güell y las casas Batlló y Milà, Cirlot observara un quehacer insólito que “une a la grandiosidad de la concepción la novedad vehemente de sus estructuras”, y es motivo de grave goce estético.
Con sus arcos inclinados, curvas irregulares, “conos hirientes y materia atormentada”, la arquitectura escultórica con carácter visceral de Gaudí -que Cirlot vincula con la arquitectura africana- entraña un pulso distinto a la “helada ascesis del funcionalismo y del cubismo arquitectónico”.
“En su arquitectura, lo racional se somete a lo irracional, lo constructivo a lo emergente, lo utilitario a lo imaginativo”, escribió en 1955 Cirlot, quien, como se ha visto ya, pudo servirse del lenguaje poético para traducir la experiencia estética que provoca Gaudí.
“Hizo una interpretación con las armas del poeta, que son la palabra, la rima, todos los problemas que la verbalidad de la poesía puede desarrollar. Él intenta explicar qué es Gaudí; no qué vemos con los ojos, sino qué experimentamos dentro de nosotros cuando vemos esa obra”, refrenda Granell.
Sobre todo, al crítico español le interesó reconocer en Gaudí -fallecido a consecuencia de que lo atropellara un tranvía- el problema de la creación entendida como sufrimiento sin mesura; e investirlo, por lo tanto, como la personificación del creador puro.
“Cirlot es un gran poeta y, por lo tanto, ese sufrimiento que siempre va asociado a la creación él lo percibe perfectamente, y percibe que Gaudí es alguien que no ha traicionado nunca ese sufrimiento”, apunta Granell.
“Es una persona que ha vivido siempre sola, nunca ha tenido mujer, nunca ha tenido familia… Es decir, ha llevado el sufrimiento hasta los límites extremos que una persona los puede llevar”.
No es de sorprender que, en sus deformaciones expresivas de estilos, a decir de Cirlot, “se siente la palpitante agitación de la vida”.
En última instancia, y con ése mismo ánimo poético, Granell sostiene que Gaudí “se nos aparece como un soberbio castillo sin puertas ni ventanas rodeado por un foso de leones. Sólo podremos entrar en él en las alas de un rapto o de un sueño”.
“Gaudí en algún momento se lo dice a alguno de sus seguidores: ‘La línea recta nace del pensamiento racional del hombre. La línea curva es la línea en la que vivimos todos’. O sea, todos tenemos nuestras fluctuaciones y vivimos siempre, no dejamos de vivir nunca. La línea recta hay un momento que se acaba. La línea curva es infinita.
“Y, por lo tanto, esa idea de que (Gaudí) es un ovillo inextricable; no se puede encontrar ni el principio ni el final, sino que está todo encerrado. Y sólo podemos acceder a él de una manera poética”, insiste Granell.
‘Ruinas del futuro’
Hacia 1950, cuando Cirlot se refirió a la Sagrada Familia como unas “ruinas del futuro”, sostenía que el proyecto no debía terminarse jamás y permanecer más bien como “puro monumento de la esterilidad religiosa de los hombres”.
Para el 55, ya sugería, en cambio: “Allá donde existan datos, seguir literalmente la voluntad de Gaudí”.
“Lo que hay que evitar es que se infiltren en la obra gaudiniana fragmentos del sentimiento del mundo opuesto a su principio -emergente, eruptivo, irracionalista, ornamentalista abstracto, simbólico, contradictorio, agresivo en su misticidad, ondulante, draconífero-.
“Cualquier confabulación a base de ángulos rectos -sean pilares y dinteles, o estructuras funcionales- sería peor que la misma destrucción de las estructuras edificadas”, advertía el crítico y poeta.
Granell rememora que, de niño, aún pudo ver este templo expiatorio tal como Gaudí lo dejó; “se habían acabado las cuatro torres, pero no se había hecho absolutamente nada más”, comparte.
“Yo no sé hoy qué pensaría Cirlot de lo que se ha acabado haciendo”, dice sobre la que al día de hoy es una de las principales atracciones turísticas de Barcelona y recibe a miles de visitantes cada día, ya coronada por la Torre de Jesucristo, de la cual en aquel entonces no había visos.
“Lo que se ha hecho ahora es una imitación de Gaudí pero con técnicas modernas, o sea, aquí hay hormigón pretensado. Es una obra de gran valor, digamos, organizativo con todo lo que se ha hecho, y con las visitas que tiene no ha muerto nadie. Esto es un logro tecnológico. Ahora, ¿eso es Gaudí o no lo es? Eso es una discusión”, enuncia Granell.
Que al icónico inmueble hayan llegado casi 4.9 millones de turistas en 2025 es algo que le da exactamente igual.
“A mí me gustaría más que fuera menos gente, y que, a lo mejor, si es que tiene que ser una iglesia cristiana, pues lo siguiera siendo. Ahora no lo es”, opina con sentido crítico hacia el uso que se hace del legado arquitectónico de Gaudí.
“Están bien cuidadas (sus obras), pero no están bien utilizadas. Es decir, se utilizan en un sistema muy masivo que, bueno, las desvirtúa desde el primer momento en que uno llega a un sitio y para ver un detalle tienes que apartar con los codos a 35 personas. Eso ya a uno mismo le altera la visión”, critica el arquitecto e investigador.
Y aunque ignorado en cierta medida durante su tiempo, Gaudí pervive hoy día afamado y como “una salida a ese hiperracionalismo”, considera Granell.
“Creo que el éxito de Gaudí es un poco ampararse en una posible locura que el mundo hoy no tiene”.
Ante el centenario, la Sagrada Familia será centro de un festejo este miércoles; el Papa León XIV acudirá incluso a bendecir la recién concluida torre principal, la de Jesucristo.

















