Ericka Segura
Desde la Banqueta.
En política, no siempre gana quien tiene la razón, sino quien evidencia mejor las contradicciones. Y esta semana en San Luis Potosí dejó claro que el poder, cuando se incomoda, suele equivocarse y hacerlo en público.
Quien abrió la conversación —y no por las razones correctas— fue Alejandro Zermeño Guerra. El rector no solo defendió un sistema de pensiones cuestionado, sino que terminó confirmando el problema, cuando el liderazgo minimiza, el sistema replica. Su argumento legal dejó ver algo más profundo, una desconexión ética.
Porque sí, puede ser legal, pero no necesariamente justo.
El punto de quiebre no fue el modelo, sino la forma. Al llevar el debate al terreno personal y descalificar a Héctor Serrano Cortés por su origen, la discusión dejó de ser técnica y se volvió síntoma. Hoy ya no es solo pensiones, es una posible denuncia por discriminación. Otra más. Y como suele ocurrir, el fondo se diluye.
La pregunta sigue ahí, ¿puede una universidad pública pedir recursos mientras mantiene privilegios? La respuesta no llegó.
Del otro lado, Enrique Galindo Ceballos tampoco logró capitalizar. El Festival de Primavera, pensado como escaparate, quedó opacado por su propia administración. La salida de Fernando Chávez Méndez, sin claridad, volvió a evidenciar desorden interno.
Cuando la agenda debería ser cultural, termina siendo administrativa.
A esto se suman señalamientos e improvisación. Galindo proyecta orden, pero su equipo lo contradice. El problema no es el evento, sino lo que lo rodea.
En contraste, Ricardo Gallardo Cardona entendió la lógica política, marcar narrativa. Mientras otros reaccionaban, él encabezó agenda.
Al final, no se trata de quién apareció más, sino de cómo lo hizo. Porque hoy, el protagonismo ya no se mide por presencia, sino por coherencia.
















