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Cuando el poder se encierra en una burbuja de cristal para tratar de salvaguardar la narrativa de control, sobre todo en la etapa que define su legado, suele encontrarse con un muro crítico que resalta más los defectos que las virtudes de su estilo de gobierno. Así, hasta la obra pública más simbólica o la acción social más encomiable, pasan desapercibidas.
En esta etapa crucial donde los logros materiales de una administración y el fin de su oportunidad de trascender se cruzan, todo gobernador enfrenta una de sus pruebas de sabiduría más difíciles: discernir entre la verdad de la calle y la fantasía palaciega. Es en este cruce donde la figura del adulador se vuelve más peligrosa que la del opositor.
Vale todo el ardor del aguijonazo reiterar que, en política, el propósito del adulador es su propia supervivencia y no el bien del gobernante. Aquel cortesano que adorna la realidad y transforma los errores en aciertos, las carencias en avances y el descontento social en campañas de desprestigio, es el peor enemigo del mandatario.
Escuchar únicamente a quienes por cercanía de oídos dicen únicamente lo que hace feliz a un gobernante, es entregarse al adormecimiento del resto de los sentidos: la mirada se nubla, o de plano se ciega, el olfato político se extravía y la sensibilidad social se pierde. Y es entonces cuando se puede caer en la trampa de confiar más en las emociones que en la razón.
Contrario sensu, leer bajo análisis objetivo a los medios críticos, estudiar el cuestionamiento incómodo, escuchar al transmisor de la voz de los sectores desatendidos, representa una oportunidad invaluable de corregir el rumbo. Los medios y personajes críticos son, valga la incómoda metáfora, el termómetro que mide la temperatura social.
En la recta final de un gobierno, sea del color que sea, la crítica periodística debe verse como un diagnóstico clínico parcialmente cierto, pero necesario, o como una segunda opinión médica de la realidad, para con ello ajustar las dosis adecuadas para la sanación del tejido social y entregar, en el futuro, un paciente rehabilitado y listo para seguir creciendo.
Cerrar la puerta al pensamiento crítico es dar la espalda a una parte de la sociedad que también aporta a la construcción del estado. Por ello, y para trascender en la memoria de los habitantes del territorio que se gobierna, el mandatario debe resistir la tentación de rodearse de coros complacientes de sirenas que pueden conducir hacia el naufragio.
Quien alcanza la virtud de escuchar a quien lo incomoda es capaz de integrar sus propias sombras en su transmutación, diría si yo fuese psicoanalista; pero me permito bajar ese balón ontológico a nivel cancha: hay micrófonos, letras y cámaras donde radica la oportunidad de corregir el rumbo y consolidar un cierre basados en resultados, y no en ficciones laudatorias.
Cierto es que existen agoreros del desastre, emisarios del pasado, sicarios mediáticos y toda clase de dramatis personae en el escenario de la comunicación que apuntan sus baterías hacia el poder público; pero una mente bien educada y un espíritu capaz de distinguir la diferencia de auqello con el verdadero periodismo o la verdadera crítica sabrá que el sonido del agua se debe a las rocas.
Y ya mejor me voy a dibujar el largo de mi sombra en otros territorios, que todo atardecer es una ausencia que nos urge en lo profundo a quienes el amor etcétera…














