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Agencia Reforma
Ciudad de México, 1 agosto 2026.- El piso del Metro guarda fósiles con una antigüedad de, al menos, 66 millones de años, que están en losas sobre las que caminan diariamente los usuarios. Si al pasar por encima de las baldosas se distingue una caracola, no es producto de la imaginación, puede ser la huella de un ser vivo.
Se trata de vestigios del Cretácico -periodo geológico de la era Mesozoica que se extendió de hace 145 a 66 millones de años- visibles en las losas de diversas estaciones, explicó Jessica Calderón, bióloga general que los identificó durante un recorrido rutinario por el Sistema de Transporte Colectivo.
“Los que son más comunes de encontrar son un tipo de caracoles que se llaman turritelas. Estos normalmente vienen de Puebla y se van formando porque estaban antes en el fondo marino y se van sedimentando. Por el choque de las placas tectónicas se elevan y se convierten en montañas que forman estos sedimentos y van cubriendo lo que alguna vez fue un ser vivo. No es el organismo como tal, sino como si fuera un molde en el que se quedó”, detalló Calderón.
La especialista señaló que su experiencia en prácticas universitarias de paleontología le permitió reconocer los patrones en las baldosas.
“Para el Metro de la Ciudad de México probablemente utilizaron extracciones de esas montañas y (con ellas) se formaron las losetas (.), son organismos en tercera dimensión y se van haciendo estos cortes: transversal, longitudinal, y esa es la manera en la que se ve el organismo en ciertas formas”, indicó.
Entre las estaciones donde se han identificado fósiles figuran Morelos y Fray Servando, de la Línea 4; Jamaica y Lázaro Cárdenas, de la Línea 9; así como San Lázaro, de la Línea B.
Las estaciones con mayor presencia de ejemplares son Jamaica y Lázaro Cárdenas, ambas fueron inauguradas el 26 de agosto de 1987 como parte del tramo inicial de la Línea, la cual abarcó de Pantitlán a Centro Médico.
Pese al tránsito constante de usuarios, la resistencia de algunos vestigios a la erosión permite que sigan siendo reconocibles.
“Hay unos que se llaman bivalvos, son los más representativos y más comunes de ver. (A veces) cuando vas caminando se ven como unas cositas negras, así como líneas, esos son bivalvos y son los más comunes en la Ciudad y en el Metro. Inclusive, tienen unos sedimentos que son más fuertes, unos minerales más fuertes que aunque la gente vaya pasando y a lo mejor la loseta ya está desgastada, son más difíciles (de verse afectados) por la erosión”, explicó.
Calderón ha compartido el gusto por el rastreo con un grupo de colegas, sin embargo, dado que es un pasatiempo, no han tenido la oportunidad de realizar una búsqueda exhaustiva, por lo que aún no se tiene un recuento del número preciso de ejemplares en el STC.
Este vacío, advirtió, podría implicar riesgos ante las remodelaciones, pasadas y futuras, a lo largo de la red.
“¿Qué va a pasar con las remodelaciones? Porque este es material muy importante, sería bueno que intervengan personas que tienen conocimientos respecto a fósiles, que sí se resguardaran, que no se destruyeran nada más. (Muchas veces) no es porque quieran hacerlo, sino es falta de conocimiento; yo dudo un poco, que las personas que se dedican a estas remodelaciones sepan que están ahí”, puntualizó.
La bióloga consideró que lo ideal sería conservar los fósiles en sitio y difundir su existencia entre los usuarios.
“¿Por qué no poner tarjetas informativas? Para que la gente sepa qué está pisando (.), a lo mejor no retirarlo, pero sí poner fichas con información. Creo que eso cambiaría mucho la experiencia del Metro; y ya en dado caso de que se encuentren, porque hay unos que tienen una acumulación de fósiles muy grandes en las losetas, pues a lo mejor sí llevarlo a museos o a un centro de conservación”, recomendó.

















