Ericka Segura
Desde la banqueta.
En San Luis Potosí ya no gobierna un alcalde, sino un viajero frecuente con discurso de estadística en mano. Enrique Galindo Ceballos parece haber encontrado la fórmula perfecta, cuando la realidad incomoda, se toma un avión; cuando la crítica aprieta, se invoca al INEGI como escudo sagrado. Y así, entre números y boletos de salida, la ciudad se queda esperando.
Porque claro, es más sencillo recorrer pasillos alfombrados en Acapulco que caminar colonias donde el agua no llega, la inseguridad se siente y el abandono se acumula como bache en temporada de lluvias. Gobernar, al parecer, es una actividad secundaria frente a la agenda turística.
Pero el acto más fascinante no es el viaje, sino el truco de magia discursivo: “el dato mata el relato”, dice el alcalde, como si las cifras fueran una varita capaz de desaparecer la inconformidad ciudadana. Lo curioso es que, mientras los números sonríen en pantalla, la realidad insiste en colarse por la puerta trasera. Y ahí no hay indicador que alcance.
Cuando eso ocurre, aparece el villano favorito, la prensa. Según esta narrativa, no hay fallas administrativas, sino “guerra sucia”. No hay cuestionamientos legítimos, sino complots mediáticos. El problema nunca está en la gestión, sino en quien la observa. Una estrategia tan vieja como conveniente, disparar al mensajero cuando el mensaje resulta incómodo.
La ironía es brutal. Se presume transparencia, pero los millones de los parquímetros siguen en la penumbra. Se habla de “datos duros”, pero se esquivan preguntas blandas. Se pide debate limpio, mientras se descalifica al que cuestiona. Todo envuelto en un discurso que pretende ser técnico, pero termina siendo profundamente político.
San Luis Potosí no necesita más gráficas ni conferencias trimestrales. Necesita un alcalde que deje de pelear con titulares y empiece a enfrentar realidades. Porque al final, por más que se repita el mantra, hay algo que ningún dato puede matar, la experiencia diaria de una ciudad que no encuentra respuestas.
Y esa, por más que incomode, no es relato. Es vida cotidiana.















