GANDALLAS DE LA CALLE

Una va bien quitada de la pena, sale a barrer su banqueta (porque todavía hay gente decente) y ¡zacatelas! Tremenda troca plantada arriba de la banqueta, atravesada como si fuera estacionamiento privado. Ni chance de salir bien, ni de barrer, ni nada.

¿De quién era? Pues a preguntar al glorioso WhatsApp de la calle. Silencio total. Nadie sabía, nadie vio, nadie oyó. Y ahí me quedé, con la escoba en la mano y el coraje atravesado. Mil años después aparece el dueño del poderoso. Le hago la observación, tranquila, educada: que estaba frente a mi cochera, que sobre la banqueta. ¿Y qué creen? Le valió cheto. Grosero, ofendido y todavía indignado, como si uno fuera el maleducado.

Y no es un caso aislado, no señor. Esto pasa todos los días. Automovilistas que no tienen ni idea de las reglas viales, de tránsito y mucho menos de modales. Creen que la calle es tierra de nadie y que pueden hacer lo que se les inche… pues no. La calle es de todos, sí, pero tiene reglas y tiene modos.

Nada cuesta tocar una puerta y pedir permiso. Nada. Las banquetas son para los peatones y las cocheras no se obstruyen. No la chiflen, de verdad. Y de paso, fíjense bien dónde se estacionan: en las rampas para personas con discapacidad, en los letreros de no estacionarse o si una casa tiene avisos de necesidades especiales. Si la gente pone esas señales es por algo, no nomás porque se les ocurrió. No sean tan jijos del maíz, me cae.

Luego andan preguntando por qué hay pleitos, por qué se arman los conflictos. Pues por gandallas. Hay que ser más conscientes y menos abusivos. Traten a los demás como les gusta que los traten, porque el karma sí alcanza.

Atte.

La Josefitas

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