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- Una técnica aprendida de maestros japoneses hace décadas encontró en la Huasteca una nueva vida y hoy es patrimonio artesanal potosino.
STAFF/ EL MAÑANA
Entre hojas de Morera, capullos blancos y pigmentos extraídos de plantas, Dulce Elisa y su familia mantienen vivo en la Huasteca potosina un oficio que parece salido de otro tiempo: criar gusanos de seda, convertir sus capullos en hilo y transformar esa fibra en piezas artesanales únicas.
El protagonista es el Bombyx mori, un lepidóptero originario de Asia cuya crianza, conocida como sericicultura, se extendió por México desde la época colonial. La especie se alimenta exclusivamente de hojas de Morera y, al completar su desarrollo, produce el capullo del que se obtiene la seda.

En Aquismón, la historia familiar comenzó en 1996, cuando la madre de Dulce Elisa recibió capacitación dentro de un proyecto que llevó hasta la región conocimientos japoneses sobre el cultivo de la morera y el manejo del gusano. Los especialistas japoneses les enseñaron desde la alimentación y detección de enfermedades hasta la transformación del capullo en hilo.

Cuando los bombix mory están pequeñitos les dan la segunda hojita de la punta de la morera, cortada como si fuera lechuga. Cuando ya están en la cuarta etapa, antes del capullo, les dan la varita completa.
Hoy, cuatro integrantes de la familia —Dulce Elisa, su madre, su hermano y su cuñada— realizan todo el proceso. Compran cajas con alrededor de 20 mil huevecillos y durante un mes vigilan día y noche el crecimiento de las larvas. Las alimentan con Morera, limpian las camillas cada tercer día y separan a los ejemplares enfermos para evitar contagios. El gusano puede enfermar de gripe, de diarrea y hasta de vómito.
“En mayo una camada no se logró por la temperatura muy alta, se murió toda la cosecha, todo fue pérdida”.
El trabajo es delicado. El calor extremo puede acabar con una camada; el frío altera su producción de seda. Avispas, pájaros, hormigas, lagartijas y hasta pollos también forman parte de la lista de amenazas o plagas. En condiciones favorables logran rescatar entre 70 y 80 por ciento de los capullos.
Pero la familia ya no vende únicamente materia prima. Convirtieron la seda en identidad. Elaboran collares, pulseras, aretes, bufandas y chalinas, algunas tejidas y teñidas con pigmentos naturales.
“Y si hace mucho frío los gusanos tienden a comer, comer y comer; crecen muy bonito, pero no producen seda. Se vuelven flojos, no nos producen el capullo”.
Dulce Elisa, artesana de Aquismón
El blanco es el color original de la fibra. El rojo puede obtenerse de la cochinilla, mientras que el cempasúchil aporta tonalidades amarillas; el palo de Brasil, mohuite y pericón completan una paleta nacida de la vegetación regional. Para fijar los colores recurren a técnicas tradicionales con ceniza, goma de plátano y azufre.

En Aquismón existen tres grupos dedicados a la seda, pero Dulce Elisa asegura que su familia es la única que mantiene completo el ciclo: desde el huevecillo hasta la pieza terminada.
Sin tienda física, venden en su casa, desde su página de Facebook: Artesanías de seda y algo más, así como en exposiciones y ferias. Ahora mismo se encuentran en la Feria Nacional Potosina (FENAPO).
Así, una técnica aprendida de maestros japoneses hace décadas encontró en la Huasteca una nueva vida: una fibra milenaria convertida en patrimonio artesanal potosino.

Tinturas naturales
Así logran los colores sobre el capullo de seda:
Rojo y rosa: Grana cochinilla, plaga del nopal.
Amarillo: Flores de cempasúchil y pericón.
Anaranjado: Mezcla de cochinilla y pericón.
Morado oscuro y negro: Corteza de Palo de Brasil
Fijadores: Agua con ceniza, goma de plátano y azufre.















