Tras Bambalinas
Por Juan de la Plaza
En política, como en el ajedrez, hay partidas que se ganan varios movimientos antes de que caiga el rey. Y en San Luis Potosí, todo apunta a que la elección de 2027 comenzó a definirse desde ahora, con un tablero donde el Partido Verde no sólo juega, sino que marca el ritmo, reparte piezas y, de paso, condiciona a sus adversarios.
Los números son fríos, pero contundentes: encuestas recientes colocan al PVEM con cerca del 48 por ciento de la intención de voto, una ventaja que no sólo es amplia, sino estructural. No se trata de un pico momentáneo, sino de una tendencia sostenida que refleja algo más profundo: el capital político acumulado por el gobernador Ricardo Gallardo Cardona, cuya aprobación —para incomodidad de más de uno— se traduce en respaldo electoral tangible.
En ese contexto, la figura de la senadora Ruth González Silva emerge no como casualidad, sino como consecuencia lógica. Su posicionamiento no es improvisado: combina presencia institucional, cercanía territorial y el respaldo de una maquinaria política que hoy opera con precisión quirúrgica. En términos simples: no sólo encabeza las preferencias, las domina. Dobla —y en algunos casos triplica— a sus competidores, que más que adversarios, parecen espectadores de una contienda que aún no arranca formalmente.
Del otro lado del tablero, el panorama es menos alentador. Morena, que a nivel nacional presume músculo, en lo local parece atrapado en sus propias contradicciones. Mientras enarbola discursos contra el nepotismo, en casa reproduce prácticas que privilegian apellidos sobre trayectorias, cerrando el paso a nuevos perfiles y desgastando su narrativa. No es crisis terminal, pero sí una señal de desgaste prematuro.
El PRI, por su parte, vive una lenta pero constante disolución. Sus cuadros más experimentados han optado por migrar —algunos por convicción, otros por supervivencia— dejando una estructura cada vez más debilitada y sin capacidad real de competencia. Y en el PAN, la discusión no es cómo ganar, sino si competir solos o acompañados, lo cual ya es, en sí mismo, un síntoma de desorientación estratégica.
Movimiento Ciudadano, fiel a su costumbre en la entidad, sigue siendo testimonial: aparece en la boleta, pero no en la conversación.
Así, el escenario se simplifica: mientras unos se fragmentan, otros consolidan. Y el Verde ha entendido que en política no siempre gana quien más promete, sino quien mejor articula poder, narrativa y resultados. Hoy, ese triángulo parece alinearse a su favor.
¿Está definida la elección? No. Pero sí está delineada. Y en esa línea, todo indica que la continuidad del proyecto gallardista no sólo es viable, sino altamente probable. La pregunta ya no es quién encabeza la carrera, sino quién —y cómo— pretende alcanzarlo. Porque, por ahora, la hegemonía verde no se discute… se administra.
















