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Ana & Lisa

¿Has notado que esta semana tienes la mecha mucho más corta de lo habitual? ¿Sientes que el tráfico en la 57 se te hace el doble de insoportable o que ese comentario de un compañero de oficina, que antes ignorabas, hoy te dan ganas de contestarlo con un grito? ¿O quizá te has sorprendido explotando con alguien que quieres por una tontería, solo para darte cuenta después de que, en realidad, lo que tenías era un calor insoportable?

Si te sientes así, no es que de pronto te hayas vuelto una persona amargada o que el mundo se haya puesto de acuerdo para sacarte de quicio. Lo que te está pasando tiene una explicación biológica muy real y es algo que en San Luis conocemos bien cuando llega abril: el “humor caliente”. No es solo una frase hecha; es la forma en que nuestro cerebro reacciona cuando el termómetro empieza a subir y nuestra paciencia, inevitablemente, empieza a bajar.

Desde la psicología y la fisiología, existe una relación directa entre la temperatura y la agresividad. Cuando tenemos calor, nuestro cuerpo entra en un estado de estrés físico: el corazón late un poco más rápido, la respiración se agita y el nivel de cortisol (la hormona del estrés) aumenta. El problema es que nuestro cerebro, que a veces es un poco torpe para distinguir de dónde viene la incomodidad, interpreta esa agitación física como una señal de amenaza o irritación emocional. Básicamente, tu mente siente que “algo anda mal” y, como no puede pelearse con el sol, termina buscando un culpable más cercano: el conductor de al lado, el mesero que tarda cinco minutos más o tu pareja que solo te preguntó qué quieres de cenar.

Este fenómeno nos vuelve mucho más impulsivos y nos quita ese filtro que suele ser nuestra cortesía social. En una ciudad como la nuestra, donde el sol de mediodía no perdona, es muy común que las interacciones se vuelvan más ríspidas. Nos volvemos menos empáticos porque toda nuestra energía mental está concentrada en tratar de enfriar el cuerpo. Estamos en modo supervivencia, y en ese modo no hay mucho espacio para la amabilidad o el análisis profundo. Por eso, las discusiones más absurdas suelen ocurrir bajo un sol de 32 grados o en un carro que se siente como un horno.

Lo más importante para sobrevivir a esta temporada es empezar por reconocer el síntoma antes de que se convierta en conflicto. La próxima vez que sientas que te hierve la sangre por algo insignificante, haz una pausa obligada y pregúntate si realmente estás enojado o si simplemente necesitas un vaso con agua fría y cinco minutos de sombra. Aprender a separar nuestra temperatura física de nuestras emociones es una herramienta de inteligencia emocional básica para estos meses. Al final del día, el clima no lo podemos controlar, pero sí podemos evitar que un bache de calor termine quemando nuestros puentes con los demás. Se trata de entender que a veces no es falta de carácter, es solo que el termómetro nos está ganando la partida, y un poco de aire fresco (literal y figurado) puede ser la diferencia entre un mal día y una mala semana.

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El Mañana San Luis

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