San Luis Potosí, S.L.P.- Lo que debía ser un domingo tranquilo, de juegos y familias, se convirtió en gritos, polvo y angustia. Alrededor del mediodía del sábado 25 de enero, un kiosco antiguo del Parque de Morales colapsó por completo, dejando a un niño atrapado entre los escombros.
Testigos relatan que bastó el golpe de una pelota para que el techo de madera y lámina —ya visiblemente podrido— se viniera abajo. El menor sufrió golpes en el brazo y la cabeza, y fue auxiliado de inmediato por su madre y personas que se encontraban en el parque.
Aunque el niño permanece hospitalizado y su estado de salud es estable, el susto encendió la indignación ciudadana: ¿cómo es posible que una estructura en esas condiciones siguiera ahí, en un parque público y frecuentado por niños?
Tras el accidente, el director de Servicios Municipales, Christian Azuara, declaró que la cabaña estaba “clausurada” desde hace tiempo debido al daño estructural causado por la humedad y los años. Sin embargo, para muchos potosinos, una cinta de precaución no es protección, mucho menos en un espacio donde juegan menores.


El Ayuntamiento informó que ya se contactó a la familia para hacerse cargo de los gastos médicos y que se realizará una demolición inmediata de esa estructura, además de revisar y retirar otras que presenten el mismo nivel de deterioro.
La pregunta que queda flotando es incómoda pero necesaria:
¿por qué tuvo que salir un niño herido para que se atendiera un problema que llevaba años a la vista?
El Parque de Morales no es un terreno olvidado, es el pulmón de la ciudad. Y hoy, más que nunca, los ciudadanos exigen que deje de caerse a pedazos antes de que la siguiente historia no tenga final con suerte.


















