La encuesta final.

Política Sapiens

La decisión de impulsar cualquier candidatura a una posición de poder público debe tener que ver con razones más de sentido práctico que de popularidad. Y digo “debe” porque la popularidad no es garantía de eficiencia en la función pública ni sinónimo de lealtad en el proceder privado. La popularidad, de hecho, es un artificio de la mercadotecnia y en no pocas ocasiones ha llevado al trono a personajes con menos talento para gobernar que para dirigir un show de televisión.

La construcción de una candidatura “popular” no es compleja; en cambio, la gestión de un gobierno competente y eficiente no sólo es compleja sino necesaria. No se puede perder el tiempo y los recursos de una sociedad en caprichos y necedades basadas en la tesis de que la popularidad todo lo permite y respalda de forma permanente a quien toma las decisiones. Al final, son las obras y acciones las que hablan por sus creadores, y no su ego, y ese es el legado que se ha de proteger.

Por ello la decisión de toda persona que ejerce el mando respecto a quién cederlo radica en tres premisas: continuidad de un proyecto, cuidado de las espaldas y defensa de los adversarios y poderes fácticos que se vieron afectados por obligación, necesidad o circunstancia, porque con la pérdida del poder sonreviene el derrumbe de la muralla de cristal institucional que brinda protección al poderoso en turno, y eso significa que el sucesor necesita contar con una persona de carácter, conocimiento, capacidad y control institucional a toda prueba. La toma de dicha decisión, entonces, no admite debilidades emocionales que nacen de los sentimientos y evaden la razón, porque el momento de mayor sabiduría que puede alcanzar el poderoso en turno es cuando decide a quién ceder el instrumento de su trascendencia.

Esta verdad se vuelve más imperiosa cuando se tiene el control de instituciones judiciales, la operatividad de estructuras territoriales electorales, los secretos vergonzosos de los liderazgos de los cuerpos sociales, y la convicción de los aliados y las voluntades doblegadas de los adversarios. Echar al saco de basura un escenario de esta naturaleza por motivos sentimentales es poco más que una estulticia: es un acto suicida.

Por ello, si el entramado de circunstancias favorece a quien hereda un cargo, es mejor decidirse por quien no representa un peligro de sobre empoderamiento motivado por la beligerancia íntima y, más bien, se tiene que inclinar hacia quien ha sido guardián silencioso y operador efectivo en todo momento. No hay que olvidar que el Gobierno Republicano es una hidra de mil cabezas y no sólo de tres poderes: el espíritu de las personas que lo habitan es el que define su comportamiento.

La encuesta final, la del día de la elección, esa la más valiosa e importante de todas, porque incluso ahí la popularidad no garantiza el triunfo, y puede ganar el que sepa conducir mejor las voluntades individuales que manejan la voluntad colectiva, e incluso el más impensado, anónimo e impopular de los contendientes. Todo dependerá, al final, de dos fuerzas visibles y una invisible: las primeras, el dinero y las estructuras; la segunda, el espíritu que comunica al creador con su creación, y de cuyo libre albedrío no deberá temer la artera puñalada de los mal agradecidos.

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