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Política Sapiens
En la Huasteca se dice que, para cortar la caña, no bastan las ganas: hace falta filo en el machete y saber hacia dónde sopla el viento. Quienes insisten en leer la víspera electoral del 2027 en San Luis Potosí con las viejas anteojeras de la ideología abstracta no han entendido nada de la mutación electoral sufrida por estas tierras en el último lustro. Mientras la periferia opositora y los puristas de la izquierda oficial se desgastan en asambleas de café y pronunciamientos que apenas rozan el eco de las redes sociales, el aparato del Partido Verde (PVEM) aceita una maquinaria implacable que camina con el combustible más efectivo de la política real: el agradecimiento de la base social y el pragmatismo numérico.
A un año de la cita con las urnas, el destino de la gubernatura parece resuelto por la abismal diferencia entre quienes entregan despensas y obras frente a quienes sólo reparten ilusiones y culpas de vestidor.El primer pilar que sostiene la inminente victoria del gallardismo es la bien calculada fractura de sus aparentes aliados. Morena, atrapado en sus eternas disputas tribales y en su obsesión bizantina por los estatutos contra el nepotismo, ha decidido dinamitar puentes locales del cogobierno. La exigencia de la dirigencia nacional morenista de vetar herencias familiares empujó al Verde a declarar que competirá en solitario, una audacia fundamentada en que los votos reales en el estado no pertenecen a la marca guinda, sino al feudo local. El morenismo potosino carece de un liderazgo unificado: se debate entre figuras nacionales como la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, y liderazgos locales fragmentados como Rita Ozalia Rodríguez, Gerardo Sánchez Zumaya, Gabino Morales o el diputado Cuauhtli Badillo. Mientras ellos se repulsan en una silenciosa guerra interna, la senadora Ruth González Silva avanza sin aduanas morales como la carta única y fortísima de un oficialismo estatal que ya demostró en la pasada elección federal su capacidad para movilizar más de 526 mil sufragios directos para su sola causa senatorial.
Del otro lado del espejo, el panorama del bloque opositor da más para la crónica de una farsa que para el análisis estratégico. El PRIAN protagoniza una auténtica pantomima de resistencia, donde el PRI no tiene rostro y el PAN habita una crisis de identidad tan severa que ha olvidado para qué quiere el poder, operando más como un club de mensajería digital que como una opción competitiva. El único perfil con capital real en ese espectro es el alcalde capitalino, Enrique Galindo Ceballos, quien arrastra buenos números urbanos pero carga con el lastre de unas siglas partidistas en ruinas y la sombra de antiguos naufragios electorales como el de Octavio Pedroza. Esta oposición potosina no recorre las calles de los municipios marginados porque prefiere simular vigencia desde el confort de las redes sociales de supuestos votantes ubicados dentro la zona metropolitana, apostando a que el descontento clasemediero haga un milagro que los votos simplemente no respaldan, hasta hoy. Y no se dejan ayudar.
Al final, la clave de la permanencia del Verde se reduce a la matemática del territorio y al arrastre del gobernador Ricardo Gallardo Cardona. Mientras sus detractores lo acusan de clientelismo desde la comodidad del análisis de escritorio, el mandatario estatal mantiene un esquema de cercanía diaria con los sectores populares a través de subsidios, infraestructura carretera y programas asistenciales masivos. Ese contacto directo ha blindado la marca. Las encuestas publicadas recientemente señalan que en un escenario donde el PVEM contienda en solitario, el partido absorbe de inmediato las preferencias efectivas, alcanzando porcentajes sumados que rondan entre el 37% y el 42% de la intención de voto. Con un padrón electoral movilizado y la proyección de un techo que busca superar los 600 mil votos para el 2027, el gallardismo no necesita de Morena para ganar la joya de la corona; al contrario, es Morena quien arriesga el registro de sus diputaciones locales si insiste en jugar al purismo.
La mesa está puesta: entre la división sorda de los guindas y la simulación inútil de una oposición desahuciada, el tucán potosino se perfila para reinar otros seis años en el Palacio grande y, tal vez, también en el Palacio chico de la Capital, si el PAN sigue dividido entre 17 opciones de risa y una sola de seriedad.














