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Tras Bambalinas
Por Juan de la Plaza
Hay mensajes que no necesitan boletines ni conferencias de prensa. Basta una frase pronunciada en el momento adecuado para dejar claro quién sigue dentro del proyecto y quién ya comenzó a caminar hacia la salida. Eso ocurrió en la reunión semanal que sostienen las dirigencias nacionales de los partidos de la Cuarta Transformación, donde quedó claro que la instrucción de Palacio Nacional es una sola: no habrá espacio para perfiles que representen un riesgo por señalamientos de corrupción o vínculos cuestionables.
La advertencia tuvo destinatario. La secretaria general de Morena, Citlalli Hernández, encaró al dirigente nacional del Partido del Trabajo, Alberto Anaya, por haber impulsado el registro del huasteco Gerardo Sánchez Zumaya como aspirante a coordinador territorial en San Luis Potosí, pese a la línea presidencial de cerrar el paso a personajes que comprometan el discurso de honestidad del movimiento.
La respuesta de Anaya fue la esperada: que sobre Zumaya existen muchas versiones, pero ninguna sentencia. Sin embargo, la réplica de Citlalli bastó para cambiar el ambiente de la reunión: “Pronto tendremos noticias”. Una frase breve, pero suficiente para recordar que en política las señales suelen pesar más que los comunicados oficiales.
Morena aprendió, quizá demasiado tarde, que el mayor enemigo de un movimiento que hizo de la lucha contra la corrupción su principal bandera es cargar con personajes que generan más dudas que certezas. Después de varios episodios que desgastaron la imagen del partido, la dirigencia decidió endurecer los filtros internos y evitar que expedientes polémicos vuelvan a convertirse en municiones para la oposición.
El mensaje ya había quedado claro en San Luis Potosí. Durante el registro de aspirantes, la dirigencia morenista prácticamente dejó solo a Sánchez Zumaya. La cúpula abandonó el recinto antes de su llegada, un desaire político que difícilmente puede interpretarse como casualidad. Fue la manera más elegante de decirle que no era bienvenido.
Quien parece no haber entendido la nueva lógica es el diputado federal Gabino Morales. En lugar de tomar distancia, salió públicamente en defensa de Zumaya bajo el argumento de que aparece bien posicionado en encuestas cuya metodología pocos conocen y cuya credibilidad resulta, por decir lo menos, discutible. Su llamado a que “se le investigue” ignoró que precisamente la intención de Morena es evitar cargar con perfiles cuya sola presencia obliga permanentemente a dar explicaciones.
Morales, además, aprovechó el momento para volver a colocarse en la conversación rumbo a la alcaldía de la capital. Pero entre las aspiraciones y la realidad existe una distancia considerable. Hace apenas tres años aseguraba que buscaría la gubernatura; hoy, sin estructura sólida, sin resultados legislativos que presumir y con un liderazgo cada vez más diluido, su margen político parece mucho más reducido. En Morena y también entre sus aliados existen perfiles con mayor competitividad y mejor aceptación.
La experiencia reciente ha dejado una lección que en Palacio Nacional parecen haber aprendido bien: ningún proyecto político puede sostener un discurso anticorrupción mientras protege candidatos incómodos. La congruencia dejó de ser un discurso para convertirse en un requisito de supervivencia política.
Quienes insistan en desafiar esa línea probablemente descubrirán que, en la nueva etapa de la Cuarta Transformación, la exclusión ya no llega desde la oposición. Ahora se decreta desde dentro.














