La loca de la casa

Un músico y director al que me costó trabajo entender, se ha vuelto mi terapeuta desde hace algunas semanas. Dejé las sesiones con mi psicóloga por esas fechas en las que vislumbraba mi reemplazo creativo por la Inteligencia Artificial -con la cual tampoco me entiendo mucho- y obedeciendo a quienes me insistían fluyera con el universo.
La primera entrega de Quentin Dupieux apareció sin complejidades: un Set en la cadena de música electrónica de Youtube donde Flat Erick, el puppet amarillo de los anuncios de Levi´s, movía la cabeza frente a un barbón con gorra camionera como de mi edad. Nada cuadraba y era genial.
Otra tarde, Mr. Oizo aquel DJ, ahora dirigía mi película dominical. Lejos de levantar la ceja con aires de intelectual en sala de Cine me convertí por dos horas en el espectador que se ríe solo, abrupto, como si chistes esporádicos estuvieran dirigidos a mi. El Segundo Acto, con Lea Seydoux y Vincent Lindon incluía la dosis exacta de cualquier cosa en ese momento necesaria.
Regresé a mi terapia de comedia absurda con Hannick y confirmé mi adicción al humor negro, a la desfachatez sin balaceras, a los daños que lamentar que despiertan la imaginación. Como buen reincidente El Accidente de Piano, mi tercera sesión, despertó un postulado que también me había costado asimilar: el sentido del humor es el antídoto de mi generación. Encontramos salidas fáciles al torbellino de la vida cuando nada tiene sentido; no encajamos con los influencers ni el Tik Tok; no nos morimos sin likes o followers. Lo nuestro es reír. La ansiedad huye con una conversación, una caminata o de plano, con un regaderazo de agua helada. No nos esclaviza la fama digital; somos aún ciudadanos del mundo real que llenamos vacíos existenciales con un abrazo, un café entre amigos y postulados absurdos que también son terapia.
Del cine del homónimo barroco y sensacionalista ya estoy curado, al igual de las historias con moraleja y final feliz. Las tramas simples, mordaces, ridículas -obsesión francesa- resultaron en mi herramienta Quentiniana más inteligente de reciente descubrimiento. Recrear el peor comportamiento humano con alegría caricaturesca detonó carcajadas no calculadas y mi verdadera sanación, por ilógico que parezca. Vaya terapia la mía.

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