La tierra no es de quien la trabaja

El Separador

Cómo extraño a esa maestra que me insistió en la importancia del cine como motor de la reflexión y estimulante de la justicia. Solía decir en el aula: la tierra y el diseño son de quien los trabaja.

Utilizada históricamente como medio de propaganda, hoy la industria cinematográfica triunfa por entretener, por aislar realidad y sociedad. Sensacionalismo y frivolidad son taquilleros; las emociones que transforman, pasan poco tiempo en las salas.

No pude saludarla el viernes en su ponencia en la Cineteca; se me quemaban las habas y me lancé a ver Nuestra Tierra en la 79 Muestra Internacional días antes. No pude ver de cerca el bastón, los lentes oscuros del personaje y su postulado con acentito bacán. Tampoco hablamos de nuestra coincidencia como católicos y las repercusiones en nuestro ejercicio creativo. 

El primer documental de Lucrecia Martel cuenta el asesinato de Javier Chocobar, chuschagasta de la región de Tucumán, Argentina por una disputa de terrenos de unos empresarios muy tenaces en otro intento por joder a sus habitantes. Cuando un video del crimen se filtró en Internet, 9 años después, el juicio oral público cambia turbulencia por claridad.

La cinta reflexiona sobre el racismo y la violencia colonial, la servidumbre normalizada, la vida rural -pobre e injusta- y la falsa desaparición del indígena americano. Pone en tela de juicio la frase de Zapata “la tierra es de quien la trabaja” cuando la voracidad colonial sigue triunfando.

La Ciénaga y Niña Santa de la directora de Salta ya habían destapado en los chamacos y en mi la válvula de la obviedad, de eso que conocemos y nos sigue estorbando, como ese cáncer que la dejó coja cuando producía Zama y cambiar su perspectiva. Su paso es lento; pero seguro, como la provocación a la que también suelo ser aficionado.

Nuestra Tierra es una cátedra magistral de cinematografía y humanidad donde ternura y esperanza no cesan, los drones nunca fueron más pertinentes. Revive esa maestra honesta para dar a mi cartelera personal un baño de cotidianidad de la que no puedo hacerme ni sordo ni ciego.

En el cine de Lucrecia Martel nadie es borrado del mapa.

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