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La trampa del «ya casi»

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Ana & Lisa

Octubre tiene una textura particular en el calendario. Es una especie de tierra de nadie: el verano ya quedó lo suficientemente atrás como para que su ligereza se haya diluido por completo en la rutina, pero el respiro de diciembre todavía se ve a través de una ventana empañada, deseable pero distante. En medio queda este tramo del año, pesado y denso, donde el cansancio acumulado de diez meses empieza a pasar factura y los días parecen transcurrir en una pendiente constante.
Cuando el presente se vuelve cuesta arriba, la mente busca salidas de emergencia inmediatas. La más común es refugiarse en la anticipación. Nos descubrimos viviendo bajo una narrativa de supervivencia: «solo hay que sacar esta semana», «ya casi es fin de mes», «ya casi cerramos el año». Convertimos los días ordinarios en meros obstáculos logísticos que hay que sortear para llegar al siguiente hito que promete salvarnos.
El problema de vivir en la trampa del «ya casi» no es solo la prisa, sino el estado mental que produce: nos coloca en una sala de espera perpetua. Cuando condicionamos la calma, el disfrute o la presencia a una fecha futura —las vacaciones, el aguinaldo, la tregua de las fiestas—, el sistema nervioso opera bajo una alerta constante. El mensaje implícito que nos enviamos a diario es que la vida real todavía no está pasando, que lo que ocurre un martes cualquiera es solo un trámite incómodo que hay que tachar de la agenda lo más rápido posible.
Ahí radica la gran ironía de nuestra relación con el tiempo: somos especialistas en tenerle nostalgia a lo que no supimos habitar. Dentro de cinco o diez años, es muy probable que miremos hacia atrás y recordemos este octubre con una ternura inexplicable. Recordaremos la luz que entra por la ventana a media tarde, el café compartido a prisa, la música que sonaba en el coche en medio del tráfico o las conversaciones de sobremesa entre semana. Cosas minúsculas y sin pretensiones que hoy descartamos como ruido de fondo porque estamos demasiado ocupados mirando hacia adelante.
Necesitar que algo se convierta en recuerdo para recién entonces reconocerle valor es una forma sutil de desatención. No se trata de forzar un optimismo ingenuo ni de exigirnos estar eufóricos cuando el cuerpo pide tregua; el cansancio de estas semanas es real y no hace falta romantizarlo.
Se trata, más bien, de dejar de tratar al presente como un borrador. De bajar los hombros y atrevernos a estar aquí, incluso cuando el aquí sea simplemente un día nublado, una lista larga de pendientes y una rutina que pesa. A fin de cuentas, la vida no empieza cuando por fin llega diciembre; la vida es exactamente esto que estamos haciendo mientras esperamos que termine la semana.

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