Leonardo da Vinci y los ingenieros del mundo prehispánico

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Por Oscar Isaías Contreras Rojas 

Cuando se habla de grandes inventores de la historia, el nombre de Leonardo da Vinci aparece casi de inmediato. 

Mientras Leonardo imaginaba nuevas soluciones en la Italia del Renacimiento, al otro lado del océano las civilizaciones prehispánicas ya resolvían enormes desafíos de ingeniería con conocimientos propios, desarrollados durante siglos.

Ambos representan dos maneras distintas de observar la naturaleza para resolver problemas complejos.

Los mexicas, por ejemplo, construyeron la ciudad de México-Tenochtitlan sobre un lago. Para hacerlo posible diseñaron un sofisticado sistema de chinampas, islas agrícolas artificiales que aumentaban la producción de alimentos, además de diques, canales y acueductos que regulaban el agua y abastecían a la población.

En los Andes, los ingenieros incas desarrollaron terrazas agrícolas capaces de aprovechar terrenos montañosos extremos y una extensa red de caminos que atravesaba miles de kilómetros. 

Leonardo, por su parte, concebía máquinas inspiradas en el vuelo de las aves, estudiaba el movimiento del agua y buscaba comprender las leyes de la naturaleza mediante la observación y el dibujo. 

Contextos distintos pero ambos compartían un mismo principio: aprender de la naturaleza.

Los ingenieros prehispánicos observaban el comportamiento del agua, el clima y el relieve antes de intervenir el territorio. Leonardo hacía algo similar al estudiar remolinos, huesos, músculos y plantas para desarrollar nuevas ideas.

La gran diferencia radica en la finalidad de sus conocimientos. Leonardo dejó principalmente diseños, investigaciones y proyectos experimentales, muchos de los cuales nunca se construyeron. Las sociedades prehispánicas, en cambio, desarrollaron soluciones que fueron aplicadas a gran escala y sostuvieron ciudades enteras durante generaciones.

Compararlos no significa decidir quién fue más avanzado. Sería un error medir civilizaciones diferentes con los mismos parámetros. Lo realmente valioso es comprender que la innovación no pertenece a una sola cultura.

Durante mucho tiempo, la historia de la ciencia y la ingeniería se contó casi exclusivamente desde Europa. Hoy sabemos que el ingenio humano floreció en muchos lugares al mismo tiempo, respondiendo a necesidades distintas con soluciones igualmente extraordinarias.

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