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Foto: Especial
Ciudad Fernández.- La noche que debía ser de fiesta en Atotonilco terminó convertida en un nido de salvajes.
Tras el desplome de las gradas, donde familias enteras quedaron atrapadas entre fierros, la agrupación Legítimo de San Luis dio una lección de ética y suspendió el evento. Pero parece que a muchos de los asistentes el alcohol les borró hasta el último gramo de cerebro.
Apenas se anunció que la música se paraba por la emergencia, la horda de borrachos enfurecidos sacó el cobre. En lugar de ayudar a los heridos o mostrar tantita empatía, empezaron a llover botellas de vidrio, latas y toda clase de objetos hacia el escenario.
“Queremos seguir el baile”, gritaban algunos mientras lanzaban proyectiles contra los músicos que, con justa razón, decidieron no ser cómplices de una fiesta sobre la tragedia.
La venta desmedida de alcohol convirtió a la plaza en una bomba de tiempo.
Mientras los paramédicos se partían el lomo atendiendo a los lesionados del colapso, los “valientes” de Atotonilco se dedicaron a insultar y atacar a una de las agrupaciones más queridas de San Luis.
Las familias de los involucrados y visitantes condenaron estas acciones, al decir no se vale que por unos cuantos ebrios sin escrúpulos, la integridad de los artistas se ponga en riesgo.
El descontrol fue total y la autoridad brilló por su ausencia para proteger a los músicos.
Lo de Atotonilco no fue solo un accidente de infraestructura, fue un desplome de valores que deja a Ciudad Fernández bajo la lupa de la vergüenza nacional.
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