Las fotografías recientes de Jorge y Paola Arreola posando con un político huasteco que aspira a la gubernatura encendieron las alarmas. No por lo que muestran, sino por lo que implican. En política, las imágenes hablan, pero en este caso gritan: dos trayectorias desgastadas buscando refugio en un proyecto cuyo único mérito visible es acumular señalamientos. Y aun así, ahí están, sonriendo como si esa alianza fuera motivo de orgullo.
Tras su paso accidentado por Movimiento Ciudadano —donde quedaron aislados tras la declinación negociada que su propio partido repudió— los Arreola reaparecieron como siempre: sin brújula, sin proyecto y sin rubor. Ahora se cuelgan del huasteco cuya fortuna arrastra sospechas de contratos dudosos con Pemex y de negocios ligados al huachicol. Una fotografía puede ocultar sombras, pero no inventar prestigio.
Lo más irónico es que ninguna de las dos partes puede presumir una ganancia. El huasteco no “sumó un activo político”, sumó un problema con apellido. Y los Arreola no se incorporaron a un proyecto con futuro: se amarraron a un barco que difícilmente resistiría una auditoría superficial. Es una alianza donde ambos pierden y donde ninguno sabe realmente a qué se está subiendo.
La trayectoria de Jorge Arreola lo explica todo. Los viejos episodios del PRI siguen ahí: venta de candidaturas, malversación señalada y una expulsión que todavía es referencia obligada. Su carrera es un catálogo de cambios de camiseta donde la ideología importa menos que la oportunidad del día. Cuando MC lo adoptó como candidato en Soledad, algunos hablaron de renovación. La realidad les corrigió rápido.
Paola, heredera del estilo familiar, mantiene la misma elasticidad política. Del PT a MC, de MC al limbo y del limbo a posar felizmente con un personaje atrapado en señalamientos federales. Su presencia suele anunciar polémicas, no trabajo; rupturas, no consensos.
Lo grave no es solo su historial, sino el patrón que arrastran. Cuando los Arreola se integran a un proyecto, no lo fortalecen: lo contaminan. Llegan con facturas viejas, conflictos sin resolver y una credibilidad tan desgastada que termina filtrándose en cualquier estructura que los recibe. En política hay señales de crecimiento y señales de colapso; la llegada de los Arreola siempre ha sido lo segundo.
Por eso, su alineación con un aspirante cuestionado es, tristemente, coherente. Dos trayectorias sostenidas más en el oportunismo que en las ideas. Una alianza que no suma fuerza, sino desgaste; que no construye, sino compromete; que no proyecta rumbo, sino necesidad.
En Soledad se habla de romper inercias, de avanzar con orden y de dejar atrás las viejas prácticas. Pero mientras existan familias que tratan la política como negocio de temporada, el retroceso se pavimenta solo. Los Arreola no representan futuro ni presente: representan aquello que el estado intenta superar.
Porque al final no regresan porque haya nuevos tiempos. Regresan porque no saben vivir fuera del presupuesto. Y cada vez que reaparecen, la política huele menos a proyecto y más a repetición. Una repetición cansada y costosa.
Y para completar la postal familiar, ahí está el diputado plurinominal Carlos Arreola Malliol, cuya productividad legislativa apenas supera la de un florero. Su historia también se contará. Y confirmará que en el clan Arreola nada es casualidad: solo tradición.















