Los discursos del miedo

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Tren Político
Walter Olivera Valladares / @WalterOliverav

Muchos argumentos, cifras para interpretar, datos por comprender, resonancias históricas,
reemplazo de la identidad, intereses geopolíticos y numerosas opiniones –objetivas o no–
alimentan el estado de alerta demográfica y colocan a todo un país y buena parte de un
continente en modo sobrevivencia.
Esta condición ya la hemos visto antes en situaciones de extrema contingencia como la
pandemia del COVID. ¿Qué ocurrió entonces? ¿Qué nos puede ocurrir ahora? La
problemática fue real. Su impacto doblegó al mundo. Quedan aún secuelas en lo social, lo
económico…
En aquellos años fue evidenciada nuestra vulnerabilidad sanitaria, pero esencialmente
quedó al descubierto nuestra fragilidad ante la información irracional, inexacta y hasta
farisea del internet.
Ahora nos encontramos de nuevo frente a la construcción en el imaginario colectivo de la
nueva amenaza global asociada a la inmigración. Estamos predispuestos a los
llamamientos de defensa territorial, pero moldeamos este sobresalto con base en el
pánico, la ira y el rechazo.
Por ello lo ocurrido en Ceuta con la estampida de más de 60 mil migrantes
indocumentados arribando a las costas españolas, coloca en bandeja las dos caras
apremiantes de esta moneda: la viabilidad del uso faccioso de una problemática mundial y
la inminente necesidad de revisar los protocolos de atención, reglamentar los requisitos de
acceso, actualizar marcos legales y reorganizar las estrategias de protección limítrofe.
En todo esto los medios de comunicación, los políticos, los activistas de izquierda, los de la
ultraderecha, el ciudadano de a pie, los manipuladores y decenas de impreparados
diseminadores de “información” en redes y plataformas están activando reacciones
radicales ante un peligro real a veces, sugerido otras.
Y si recordamos los ataques, segregación, pavor, fobias, caos y hasta crímenes
provocados durante la propagación mundial del Coronavirus, ya sabemos lo que significa
quedar aprisionados en los discursos del miedo.
La desbocada ola migratoria en Ceuta marca un antes y un después para la política de
puertas abiertas en los países de la Unión Europea, varios de los cuales responsabilizan al
gobierno populista del español Pedro Sánchez de empeorar la crisis de ilegales por su nulo
rigor para controlar el tránsito e impulsar el modelo de fronteras blandas.
El conflicto trascendió la relación bilateral entre España y Marruecos. Mientras el 45% de
españoles acusa a Sánchez de fallar en la coordinación diplomática con el país africano,
desde la capital Rabat, la monarquía marroquí rechaza haber planificado la avalancha
migratoria con fines expansionistas.
Pero de este lado del mundo la cosa no va mejor. En nuestro continente el presidente
Donald Trump, puso a Ceuta como peligroso ejemplo de lo que puede ocurrirle a los
estadounidenses, cuando se suavizan los controles territoriales. Con ello justificó las
letales tácticas, operativos y resultados del ICE.
También culpó a la administración de su predecesor, Joe Biden, de permitir la entrada a
25 millones de migrantes de casi todos los países. Cifra que por sí misma resulta
desmesurada y que organizaciones independientes de verificación la señalan como
inconsistente, y considerablemente exagerada al contrastarla con los registros públicos de
la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza que establecen unos 11 millones de cruces.
De nuevo la adulteración de los datos para alimentar la desconfianza, el desasosiego y
hasta la confrontación virulenta, cuando en la realidad son aquellos gobiernos
profundamente vinculados a la corrupción, al deterioro de las condiciones de vida, a su
incapacidad de generar economías sólidas o estados seguros y ordenados los que detonan
los grandes éxodos.
Es así como tenemos a Cuba, Guatemala, Nicaragua, Honduras, Haití, Venezuela,
Argentina y México, por decir los obvios. El caso de México es significativo porque si bien
redujo notablemente su volumen migratorio, es un país bisagra para llegar a Estados
Unidos.
Así que también aquí las caravanas de indocumentados llegados de centro y Sudamérica,
sirvieron como instrumento de presión al vecino país, hasta que la segunda administración
Trump implementó detenciones y deportaciones masivas. Miles de migrantes quedaron
varados y hacinados en nuestro país. La frontera se volvió un estado de sitio.
En este punto caducó la visión romántica y humanitaria de la migración. Albergues,
escuelas, hospitales y servicios sociales colapsaron. Aumentó la inseguridad, crecieron el
rechazo ciudadano, la trata de personas, explotación infantil, los choques culturales y
religiosos. Al menos 40 migrantes murieron durante un incendio en el centro de detención
de Ciudad Juárez, Chihuahua… México quedó al borde del descalabro político y social.
Para escenarios futuros -sin políticas migratorias sensatas- estaremos frente a mayores
posturas de confrontación, disturbios civiles, el humanismo desvirtuado y la incapacidad
para implementar transformaciones profunda

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