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Desde la banqueta
Ericka Segura.
En una sola semana, tres jóvenes encendieron una alarma que como sociedad llevamos demasiado tiempo intentando silenciar. Dos fueron auxiliados antes de que atentaran contra su vida. Un tercero, lamentablemente, murió este 8 de septiembre tras caer de un edificio de la Facultad de Ingeniería de la UASLP.
Y entonces me pregunto, ¿qué más tiene que pasarnos para entender que la salud mental también es salud?
Lo escribo como periodista, pero también como madre de un niño de dos años. Me preocupa profundamente pensar en la sociedad en la que crecerá mi hijo. Me asusta imaginar que algún día pueda sentirse rebasado emocionalmente y encuentre un mundo que le diga “échale ganas”, “no exageres” o “hay personas con problemas peores”.
Porque así hemos aprendido a minimizar el dolor que no podemos ver.
Si tenemos fiebre acudimos al médico. Si algo nos duele físicamente buscamos tratamiento. ¿Por qué cuando la mente colapsa esperamos hasta que la persona ya no puede más?
Una crisis emocional también necesita atención, seguimiento y acompañamiento. No debería producir vergüenza decir “necesito ayuda”. Sin embargo, todavía existen prejuicios, miedo a ser señalado y, además, una barrera económica imposible de ignorar, consultas psicológicas, atención psiquiátrica y medicamentos que no todas las familias pueden pagar.
Ahí también está fallando el sistema.
Pero nosotros también fallamos cuando juzgamos antes de escuchar, cuando convertimos la depresión en “flojera”, la ansiedad en “drama” o el agotamiento emocional en falta de carácter.
Tenemos que enseñarles a nuestros hijos que llorar no los hace débiles, que pedir ayuda no significa fracasar y que hablar de lo que sienten puede salvarles la vida. También necesitamos adultos capaces de escuchar sin burlarse, familias que acompañen y escuelas e instituciones con mecanismos reales de atención.
No deberíamos necesitar otra tragedia para reaccionar.
Como madre, quiero que mi hijo crezca sabiendo que su mente merece el mismo cuidado que su cuerpo. Como sociedad, debemos construir un lugar donde nadie tenga que esconder su dolor por miedo a ser juzgado.
Porque quizá la pregunta ya no sea qué está pasando con nuestros jóvenes.
La pregunta es, ¿en qué momento dejamos de escucharlos?














